viernes, 31 de octubre de 2014

CUATRO MANERAS DE DECIRLE ADIÓS A UN EMPLEO

EL FRAUDE

Llevaba seis años trabajando como digitador en una prestigiosa empresa. Era una labor dura con jornadas que excedían las 10 horas, pero yo la desempeñaba con gusto porque el pago era bueno: alrededor de un millón de pesos mensuales. Todo marchaba a las mil maravillas hasta que a unos compañeros les dio por cometer un millonario fraude en la empresa. El monto del robo fue de casi 100 millones de pesos y como era natural el banco que fungía de cliente de la empresa donde laboraba exigió que rodaran cabezas. Por ello los directivos decidieron  someter a todos los empleados al polígrafo y a pesar de mi inocencia no fue bien sorteando las preguntas evaluadas por aquella curiosa máquina; finalmente decidieron prescindir de mis servicios.

EL COLEGIO

Debo aclarar que no perdí mi último empleo sino que decidí renunciar a éste por voluntad propia. Desde hace 8 años laboro como Secretaria en instituciones educativas. El último plantel en el que desempeñé dicho cargo estaba asentado en una zona deprimida del oriente de Cali y por ello en él estudiaban jóvenes en alto riesgo. Había uno de ellos que llamaba mi atención por su actitud extraña: muy poco socializaba con sus compañeros y siempre cargaba grandes cantidades de dinero en sus bolsillos. Un buen día el muchacho se ausentó de la escuela, lo que no me produjo especial inquietud, pero tiempo después a mis oídos llegó la noticia de que un sicario habia sido asesinado en el sector. Cuál no sería mi sorpresa cuando supe que ese criminal últimado era ni más ni menos que aquel jovencito de naturaleza aislada y bolsillos repletos de plata que no tenía más de 15 años. Pero lo que finalmente me persuadió de renunciar fue otro episodio igualmente inquietante. Un día las directivas del plantel expulsaron a un estudiante por conflictivo. Su madre al enterarse le imploró al rector que no tomara esa medida con el muchacho pues éste "no podía quedarse sin hacer nada". La razón: tenía detención domiciliaria y si no continuaba estudiando lo recluirían en una correccional.

El call center

Trabajaba con un call center contratado por una compañía electrificadora para atender quejas y reclamos. Habían transcurrido seis meses, estaba bastante amañado cuando a la presidencia de la compañía llegó un barranquillero que decidió trasladar la operación del Call Center a la capital del Atlántico. Muy certeramente un compañero me decía: "esa compañía electrificadora es vallecaucana y prefiere darle empleo a costeños que a gente del Valle del Cauca. Ahí queda comprobada la falta de liderazgo de los vallunos. Se tuvieron que traer un directivo de Barranquilla porque aquí en el Valle no consiguieron. A la gente de esta región le falta sentido de pertenencia. ¿Usted cree que una empresa antioqueña contrataría sus servicios de call center con gente que no fuera de Antioquia?

La pelea

La falta de oportunidades en Cali me empujó a viajar a Bogotá para buscar empleo allá. Lo encontré en un importante gremio empresarial. Pero los problemás no tardaron en llegar. El presidente de esa entidad, un connotado político vallecaucano, era amigo de mi familia y por ello me trataba con cierta familiaridad. Cuando él utilizaba el ascensor su esquema de seguridad solía dejalojar a todo el que estuviese adentro. Pero conmigo tenía el gesto de permitir viajar con él a bordo del ascensor, lo que suscitó el malestar de mis compañeros quienes no veían con buenos ojos esas "preferencias". Gracias a mi buen desempeño me nombraron supervisor en el trabajo y a partir de entonces un compañero me comenzó a hacer la guerra. Las cosas llegaron al punto en que durante una fiesta de la entidad nos fuimos a los golpes tras una discusión atizada por el exceso de alcohol. Días después recibí una llamada amenazante: "váyase de la empresa o lo quebramos". El autor no era otro que mi envidioso compañero a quien su torpeza -realizó la llamada intimidatoria desde las instalaciones donde laborábamos- lo delató.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Siete Años Sin Jhonny

(ESTE TEXTO SOBRE JHONNY SILVA ARANGUREN LO ESCRIBÍ HACE DOS AÑOS PARA EL SEMANARIO EL PUEBLO. LO REPRODUZCO HOY CUANDO SE CUMPLEN NUEVE AÑOS DE SU MUERTE)
El 22 de septiembre se cumplen siete años de la muerte del estudiante Jhonny Silva Aranguren durante disturbios en Univalle. El aniversario se conmemora a escasos días del deceso del Subintendente del Esmad José Libardo Martínez, también ocurrido tras desórdenes en el alma máter.
Cuando a Wilman Silva se le pregunta sobre los recuerdos que guarda de su hijo, su voz se quiebra. “Es muy duro, porque otra vez tengo que revivir mi dolor”, confiesa. No es para menos. Ese hijo, Jhonny Silva Aranguren, fue asesinado el 22 de septiembre de 2005 en medio de fuertes disturbios registrados dentro del campus de la Universidad del Valle donde estudiaba quinto semestre de Química. Solo tenía 21 años.
Es difícil ignorar que dentro de poco se cumplen siete años de ese crimen, menos aun después de que el 31 de agosto pasado José Libardo Martínez, un subintendente del Esmad, falleciera también durante desórdenes en el centro de educación superior.
El deceso de Martínez se debió a un disparo que impactó en su cabeza y que fue descerrajado, presuntamente, desde el campus universitario.
El execrable crimen mereció un gran despliegue mediático y anuncios de recompensas hechos por las autoridades para dar con los responsables. La muerte de Jhonny, en contraste, parece hundirse en la impunidad. Y su recuerdo sufre el acoso del olvido.
¿Quién era Jhonny?
Wilman describe a su hijo como “una excelente persona” cuya afición era el estudio. “Recuerdo  que yo los fines de semana quería irme para un río o un paseo y él me decía: ‘no, papá, yo tengo que estudiar, no puedo ir’”, relata.
Esa devoción de Jhonny por su preparación académica quizás se vio influida por la presencia de varios químicos en la familia. “Él quería superarlos –explica su padre–, él soñaba con ser un Einstein”.
Era muy casero. Molestaba a su mamá por su baja estatura –él medía más de 1.75–. Le encantaban los fríjoles. Wilman no da más detalles. Como él mismo lo aclaró desde el principio, prefiere no remover recuerdos dolorosos.
Sin embargo, a través de uno de los libros que el propio Wilman ha escrito para contar la historia de su hijo –y preservar así su memoria–, se descubre que la vida de Jhonny estuvo marcada por grandes pruebas.
Nació con atresia biliar, esto es, obstrucción de los conductos que transportan la bilis desde el hígado a la vesícula biliar, enfermedad que superó “a punta de tratamientos y remedios caseros, como la raíz de azafrán con cimarrón”.
Creció en Nariño y la Bota Caucana. Alguna vez quedó atrapado junto con su mamá y su hermana en medio de ráfagas de fusil y gritos de angustia tras la toma del peaje de Tunía, en Cauca.
Tan cruda experiencia le dejó como secuela un problema de lenguaje del que se pudo recuperar en un 95 %. Años después sufriría una lesión de cadera que le impediría caminar con facilidad. 
El proceso judicial
Jhonny Silva pudo sortear los obstáculos que la vida puso en su camino, pero aquel 22 de septiembre le fue imposible escapar de las garras de la violencia y la injusticia.
Era jueves, día en que casi que por tradición suelen ocurrir las manifestaciones que culminan en enfrentamientos entre encapuchados y miembros del Esmad. Pero aquella vez los desórdenes tuvieron un desenlace macabro: una bala  se alojó en la humanidad del estudiante de quinto semestre de química, segándole la vida.
Desde ese momento inició un proceso judicial accidentado y lleno de dilaciones. Documentos oficiales consultados por EL PUEBLO dan cuenta de que la primera decisión de importancia en el caso fue tomada el 12 de septiembre de 2007, por la Fiscalía 41, adscrita a la Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de Cali.
La Fiscalía 41 ordenó escuchar en indagatoria a quien se desempeñaba en ese entonces como comandante del Esmad, el Capitán Gabriel Bonilla, y a dos intendentes del órgano policial.
El ente investigador tomó la decisión, basándose en testimonios según los cuales efectivos del Escuadrón Móvil Antidisturbios habrían ingresado en el campus universitario alrededor de las 6:45 p.m., aquel 22 de septiembre de 2005.  Durante la incursión uno de los uniformados le habría presuntamente disparado a Jhonny Silva.
En 2008, la Fiscalía 41 se abstuvo de ordenar la privación de la libertad de los miembros del Esmad, pero posteriormente acusó al capitán Bonilla por los delitos de homicidio culposo, lesiones personales culposas y prevaricato por omisión.
De acuerdo con informes de prensa de la época, el fiscal del caso concluyó que el oficial “violó el deber de cuidado al permitir el ingreso de sus subalternos a las instalaciones de la universidad, sin previa autorización”.
Asimismo, declaró que Bonilla “omitió la requisa del personal a su mando, lo que habría facilitado el accionar del arma de fuego, la cual fue disparada en la humanidad del estudiante”.
Sin embargo, el caso dio un nuevo giro en 2009 cuando la Fiscalía 55 especializada en Derechos Humanos reversó la acusación contra el oficial, presentando un recurso de apelación en efecto suspensivo. Con esa decisión la Fiscalía libró de responsabilidad al uniformado por la muerte de Jhonny.
Por su parte, la Policía Nacional siempre ha negado su ingreso al alma máter aquel fatídico día y su participación en el deceso del joven. La Institución ha manifestado que “es imposible responsabilizarla por ese crimen pues fue realizado por terceros […]  ya que […] el grupo Esmad […] no porta ni utiliza armas de fuego”.
Siete años de impunidad
Lo cierto es que siete años después del asesinato de Jhonny, los autores del homicidio siguen sin recibir castigo.  “El caso de nuestro hijo pasó por once fiscales, miles y miles de hojas en su expediente y no ha sido posible que haya justicia”, anota Wilman al respecto.
El hombre de mirada cansada señala, además, que en varias oportunidades buscó a los fiscales a cargo de la investigación para saber por qué no había resultados.
“Cuatro meses después de la muerte de mi hijo fui a hablar con la directora seccional de fiscalías de la época. Ella me dijo: ‘Don Wilman, no se le haga nada raro que el caso de su hijo termine en la impunidad. Aquí el 99 % de casos queda impune’. Tiempo después otro de los fiscales del caso me aconsejo esperar la justicia divina”, afirma.
Cansada de lo que para ella era una falta de respuesta de la justicia colombiana,  la familia del joven universitario decidió acudir a instancias internacionales. “Nuestro caso lo llevamos a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2008 –cuenta Wilman–. De parte de la Comisión siempre nos han contestado que ellos manejan muchos casos a nivel latinoamericano y que nosotros estamos en turno… por eso se han retrasado las cosas”.
Para Wilman, la muerte de su hijo fue un golpe muy bajo del que nunca se va a reponer. “Yo sé que moriré con esa angustia, con ese dolor, con esa rabia de saber que no hay justicia”, sostiene con tristeza.
Por eso hace un llamado no solo a la comunidad universitaria, sino también a los medios: “No olviden a las víctimas. Que se siga exigiendo justicia porque mañana –ojalá no sea así, lo que me paso a mí les puede pasar a ustedes”.

domingo, 31 de agosto de 2014

AÚN TE QUIERO

Me casé con una buena mujer con la que tuve dos hermosos hijos. Estuvimos juntos muchos años hasta que decidimos separarnos. Fue allí cuando apareciste tú. Me fui detrás de tí dejando atrás mi ciudad natal, para radicarme en una urbe extraña y desconocida para mí: Medellín. Formalizamos una unión y en nombre de ella luchamos por abrirnos un espacio en una tierra ajena para nosotros. Afortunadamente siempre he sido "entrador" y no tardé en encontrar empleo en una fábrica de vidrios. Eran principios de los Noventas y la guerra narcoterrorista desatada por Pablo Escobar había alcanzado su clímax. Las bombas y atentados eran pan de cada día, razón por la cual mi mamá constantemente me llamaba angustiada para rogarme que regresará a Cali. Pero esa seguidilla de atentados que acaecían a diario en la capital antioqueña tuvieron su lado positivo: las ventas de la fábrica de vidrio se incrementaron ostensiblemente debido a que eran muchos los que recurrían a nuestros servicios en procura de reemplazar los cristales de las ventanas rotos por los bombazos.

Nuestra unión se hizo sólida y con el tiempo logramos adquirir un apartamento para convivir. Cerca de allí había una olla de expendio de vicio donde encontramos la marihuana y la coca para calmar nuestra ansiedad. Contrario a lo que podía pensarse esa zona era muy segura para nosotros; podíamos caminar a nuestras anchas a altas horas de la noche sin ningún temor puesto que los dueños de las ollas de vicio se encargaban de ahuyentar a cualquier hampón que intentara atracarnos. En efecto, no les convenía que nosotros, sus clientes, nos abstuvieramos de ir a esas ollas por miedo a ser robados.

Años después montamos nuestro propio negocio. Una venta de comidas rápidas. Tú eras experto en su elaboración y pronto yo también aprendí. Ofrecíamos hambuguesas, pinchos y empanadas que en poco tiempo se convirtieron en las preferidas de todos los vecinos. Todo marchaba bien hasta que me enteré de que en un momento de debilidad me fuiste infiel. La relación se enfrío y por ello resolví retornar a Cali donde un cuñado me había ofrecido trabajo en su empresa. Tengo 59 años y no me duele seguir camellando. A fin de cuentas siempre me ha gustado luchar, esforzame para salir adelante, no esperar que las cosas me caigan del cielo. Quizás por eso me pude adaptar fácilmente a la idiosincracia paisa.

¿Pero sabes una cosa? Aún te quiero.


miércoles, 27 de agosto de 2014

CRIMEN DE ODIO

Me asomé a la ventana a indagar el porqué de tanto barullo que se escuchaba desde el exterior. Habían varias personas aglomeradas alrededor del bloque de apartamentos donde residías. Mi madré no tardó en esclarecer mis inquietudes: te habían asesinado. En efecto, la sangre que fluía bajo la puerta de tu apartamento alertó a los vecinos sobre el hecho anormal que había ocurrido allí dentro. Al abrir la puerta ellos observaron estupefactos tu ensangrentado cuerpo sin vida por causa de una puñalada. El responsable al parecer había sido un muchachito que entró a tu residencia a tempranas horas de la mañana de aquel domingo; sí, un muchachito de esos a quienes a tí te encantaba invitar a tu morada para satisfacer tus deseos carnales.

Tu reprobable gusto por la carne joven era la comidilla de todos los vecinos. Varias veces vi a través de mi ventana a aquellos muchachitos a bordo de tu camioneta. El rumor de tu afición incluso traspasaba las fronteras de aquella unidad residencial en la que ambos vivíamos; alguna vez en el Parque de El Ingenio un conocido me comentó que te había visto un par de veces merodeando por ese sitio en busca de carne fresca. Tu y yo nunca fuimos amigos, ni siquiera allegados. La única vez que estuvimos frente a frente fue una noche que a bordo de tu camioneta me preguntaste algo que ya no recuerdo. Estábamos en el parqueadero de la unidad y lo único que se me grabó en la mente fue tu marcado acento nariñense, junto con tu edad avanzada que contrastaba con la juventud del hombre sentado en el puesto de copiloto de tu camioneta.

Del jovencito que te mató sólo se sabe que ingresó a eso de las ocho de la mañana a tu residencia. Luego se oyó una discusión, el muchacho salió apurado. La mancha de sangre atravesando la puerta fue el indicio del crimen que segó tu vida. Los vecinos afirman que tu verdugo era conocido en la unidad e incluso tenia un familiar viviendo aquí. Ahora recuerdo que no hace mucho hablé a través de un chat con un muchacho que dijo tener precisamente un pariente viviendo en este mismo complejo de apartamentos. ¿Acaso sería el mismo que te mató?

Tras tu fallecimiento vi por algunos días desde mi ventana tu vieja camioneta que finalmente se llevaron de aquí.  Ya han pasado varios años de tu muerte y nunca volví a saber nada de tu asesino. Sólo puede concluir que, como reza el dicho, el que con niños se acuesta...

lunes, 25 de agosto de 2014

EL DEMONIO DE LA PEDOFILIA

Esa mañana Jhon Jairo se levantó angustiado. Y no era para menos. Soñó que estaba en su casa junto con un muchachito de 17, 18 0 19 años que al parecer era un compañero de universidad. Juntos se disponían a estudiar quizás para un parcial, Jhon Jairo no lo recordaba bien. Lo que sí recordaba vívidamente era la imagen  de sí mismo despojándose de su pantalón y quedando en calzoncillos frente al jovenzuelo. Lo más perturbador es que ese acto de exhibicionismo le había provocado un gran placer.

Tal experiencia onírica suponía un duro golpe para una persona que se alzaba sobre un pedestal de férreo moralismo como lo era Jhon Jairo. Él aborrecía a los pedófilos, aquellos aberrados que en nombre de una "parafilia" buscaban satisfacción sexual a través de menores de edad. Cuando navegaba en un reconocido chat gay de su ciudad para dilapidar tiempo no podía evitar hervir de ira cuando veía el mensaje de algún degenerado hombre maduro que abiertamente y sin ningún pudor buscaba intimar sexualmente con niños y adolescentes. Jhon Jairo no dudaba en recriminarlos por su comportamiento, a la vez que se preguntaba cómo ese chat gay no tenía moderadores encargados de expulsar a aquellos depredadores sexuales.

Pero Jhon con el tiempo se convenció que estaba arando en el desierto, luchando contra la corriente de la abominación moral. No cabía duda que la sociedad colombiana estaba contaminada con el germen de la pedofilia y la pederastia. Bastaba con leer los foros de opiniones de los periódicos cuando era publicada una noticia de un presunto caso de abuso sexual de un menor para comprobarlo. En efecto cuando aparecía un informe de una niña de trece, catorce, quince, dieciseís o diecisiete años que había sido víctima de abuso no eran pocos los foristas que justificaba el delito aduciendo que las niñas desde temprana edad buscaban practicar el sexo. En pocas palabras esos opinadores volvían añicos la ilusión de la inocencia propia de la niñez asegurando que desde su más tierna infancia en las niñas afloraban los instintos sexuales.

Jhon Jairo no controvertía esa hipótesis. En efecto era probable que desde edades tempranas los seres humanos empezaban a experimentar los embates de la líbido, pero lo que no toleraba es que hubieran adultos que se escudaran en esa posibilidad para justificar sus encuentros íntimos con menores de edad. ¿Acaso esos mismos adultos no tenían la suficiente cabeza fría para comprender que un menor de edad carece de la madurez física y sicológica para afrontar una relación sexual? ¿Acaso carecían de la fuerza de voluntad para evitar caer en la tentación de copular con niños? ¿No comprendían que resultaba vomitivo que un hombre maduro buscaran una relación carnal con un niño o niña por más de que ésta fuera consentida?

Al parecer la respuesta a esos interrogantes era que no. Y ahora a Jhon lo angustiaba la posibilidad de él mismo convertirse en uno de aquellos pedófilos que tanto odiaba. A fin de cuentas aquel sueño que paradójicamente le quitaba el sueño no era la primera manifestación de tal parafilia. Años atrás Jhon recibió un correo de un "amigo". Se trataba supuestamente de un video de unos jóvenes de 18 años sosteniendo relaciones. Al verlo Jhon no tardó en adivinar que aquellos muchachos en realidad eran menores de edad. Aunque el material fílmico duró apenas un minuto, Jhon se aterró de haberlo visto en su totalidad. ¿Por qué razón sus propios escrúpulos morales no lo llevaron a apartar su vista de ese video en el mismo instante en que se dio cuenta que sus protagonistas eran menores de edad? Desde ese instante Jhon Jairo se aborreció a sí mismo. El repugnante demonio de la pedofilia estaba enquistado en su mente y ahora sólo rogaba por tener la fuerza de voluntad suficiente para no dejarse arrastrar por su sórdida influencia.

viernes, 20 de junio de 2014

La noche en que NO se coronó la tramoya

El preludio de la elección y coronación fue la borrachera colectiva desatada tras la victoria de Colombia sobre la selección de Costa de Marfil. Durante todo el día la anarquía y el desorden se apoderaron de cada uno de los habitantes de esa pobre república bananera acostumbrados a celebrar sus pequeñas glorias anegando sus gargantas y panzas de trago. Cayó la noche en medio de los ruidos de las cornetas y las nubes de harina.

El amplio espacio del Teatro Jorge Isaac nunca se llenó. Las múltiples sillas vacías quizás reflejaron el cada vez menor interés que concitan los reinados de belleza en la gente. O quizás simplemente los vallunos prefirieron celebrar la victoria de la selección nacional antes que ser testigos de la elección de su nueva reina.

En las sillas preferenciales, frente a la tarima donde desfilarían los candidatas, se ubicaron los seguidores de Daniela Galarza, mientras que en el segundo piso se apostaron los seguidores de la señorita Candelaria. Estos fueron los más entusiastas, los más bullosos y los que más se hicieron sentir. Aunque en general todas las barras se encargaron de crear la ilusión de que aquel teatro estaba a reventar.

Los miembros del jurado fueron presentados a los espectadores. Entre ellos había tres ex miss Valle: la novia de Colombia, Carolina Cruz; Catalina Robayo quien no dudo en mostrar su anillo de matrimonio dejando en claro que esa cuquita que dejó al descubierto accidentalmente durante su participación en miss Universo ya tiene dueño; y Lucía Aldana de quien el presentador afirmó que está próxima a radicarse en Bogotá para trabajar bajo la dirección del periodista Yamid Amat. En pocas palabras a pesar de su discreta participación en miss Universo, su condición de reina le sirvió de plataforma para lograr su realización profesional.

Todas las candidatas se presentaron y posteriormente desfilaron en traje de baño. Basto ver a la monumental Nathaly Rojas, Miss Ginebra, para convercerse de que a pesar de estar cruda debía ganar porque tenía el material para destacarse en Cartagena. La imponente candelaria perdió puntos en traje de baño.

Previo al nombramiento de las cinco finalistas fueron entregados algunos premios especiales. La señorita Cali se hizo a dos de ellos: mejor registro y mejor piel. Parecía ser que la tramoya estaba montada. Desde varias semanas antes de realizarse el concurso corrían los rumores de que la galarza -miss Cali- sería quien resultaría vencedora pues tenía a su favor una hoja de vida envidiable: dominio de varios idiomas y estudios en el extranjero. Además se dice que trabajó o trabaja en El País y por ello ese diario, el más importante del Valle, se encargó de hacerle buena prensa. Tanto fue así que este periódico no tuvo empacho en enumerar todos los defectos habidos y por haber de Miss Ginebra -su nariz, su mal registro, su cuerpo poco trabajado, su falta de estudios universitarios, etc, etc, etc- y en menor medida de Miss Candelaria, mientras que de miss Cali se limitaron a decir que su pero era su baja estatura. Mas la verdad sea dicha es que no sólo su 1.70 estaba en contra de la Galarza. Sin demeritar su energía, entusiasmo y preparación intelectual ni su cuerpo ni su cara eran las mejores.

Finalmente nombraron a las cinco: Ríofrío, Buga, Ginebra, Candelaria y, naturalmente, Cali. La suerte parecía estar echada: la rancia élite vallecauca encarnada en Galarza se impondría sobre el favoritismo de Ginebra. Se repetiría la historia de Damaris Dediego quien intentó representar a su Valle natal, pero quien presidía la entidad que escogía a la Señorita Valle en esa época arguyó que una negra no podía ostentar ese título porque en el CNB sólo participaban niñas de la alta sociedad. Finalmente Damaris representó al chocó en el Miss Colombia 1994 ubicándose como primera finalista. Algo similar le ocurrió a María del Socorro Patiño Irurita de quien dicen no fue escogida Señorita Valle por no ser de apellidos. Fue derrotada por la hija de quien fungía como presidente de la Cámara de Comercio de Cali en ese entonces. María del Socorro no se quedó con la espina y consiguió el decreto por parte de la gobernadora del Quindío para representar a ese departamento. En el miss Colombia 1995 quedó de virreina.

Por fin llegó el momento decisivo: el nombramiento de las princesas, la virreina y la reina. En primer lugar llamaron a Ríofrío y a Buga. Ahora era el turno de nombrar a la Primera Princesa: ¡oh sorpresa! el título recayó en daniela Galarza, miss Cali. la virreina fue Candelaria y la ganadora fue Ginebra. La tramoya fue conjurada a última hora; quizás ésta simplemente nunca existió y no fue más que un simple rumor de esos que suelen correr en la antesala de los reinados.


martes, 10 de junio de 2014

Los seres anónimos detrás de las encuestas

 PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LAS DOS ORILLAS

 http://www.las2orillas.co/los-seres-anonimos-detras-de-las-encuestas/

Vaya que en época electoral las encuestas se ponen de moda. Y por supuesto que estos estudios de opinión se han granjeado muchos detractores y personas que ponen en tela de juicio su credibilidad. “¿A usted le han hecho una encuesta? A mí nunca” suele ser el argumento que esgrimen. Pero muy pocos se preguntan quiénes están detrás de las encuestas, y no me refiero a los grupos de poder que pueden manipular sus resultados, sino a aquellos que se dedican a hacerlas, es decir los encuestadores.

Hace unos meses me enrolé en una firma encuestadora. El trabajo consistía en hacer un estudio para medir la satisfacción de los clientes de una caja de compensación familiar. Pagaban 36200 pesos por día laborado, pero no reconocían el pago de seguridad social ni riesgos profesionales. El primer mes de trabajo debí viajar durante seis días a Buga. La empresa cubrió todos los viáticos y gastos de transporte. Mis compañeros de trabajo fueron una muchacha del Cauca y un señor ya de edad que estudió economía en una prestigiosa universidad oficial, pero nunca llegó a graduarse. Me sorprendió gratamente que una empresa le apostara a darle trabajo a dicho señor, considerando que en este miserable país una persona de más de 30 años ya es considerada vieja y por tanto descartable para cualquier empleo.

El siguiente mes me encargaron viajar a un centro cultural de Tuluá. Mis compañeros de trabajo resultaron ser unas personas distintas a las que me tocaron la primera vez. Uno de ellos llevaba un par de años trabajando con esa empresa. Aprovechando un momento de descanso nos contó cómo en otro viaje de trabajo había tenido un accidente en el baño de un hotel: resbaló y al estrellarse contra el piso se había fracturado una mano. Cabe aclarar que frente a esas eventualidades el encuestador poco o nada puede hacer al no estar asegurado por riesgos profesionales. Por otro lado nos contó que en un trabajo anterior –también como encuestador- había experimentado el peor susto de su vida. Estaba realizando una encuesta en una casa ubicada en el barrio El Poblado en Cali cuando fue interrumpido por un tipo que lo amedrentó con cuchillo en mano. La persona a la cual estaba encuestando reaccionó airadamente frente a la presencia del intruso y como respuesta recibió una puñalada. El encuestador para salvaguardar su vida se encerró en el baño de esa casa y no salió hasta que su jefa directa apareció en escena. Esos son los gajes del oficio: trabajar en plena calle implica exponerse no sólo a las inclemencias del clima, bien sea un sol abrasador o una lluvia pertinaz, sino también supone exponerse a todos los peligros propios de la jungla de asfalto, sobre todo en barrios peligrosos.

Otro de los compañeros era un señor también de edad. Nos relató que en el pasado había un montado un negocio que fracasó y por el cual había contraído una deuda millonaria con un banco. Ahora de ese banco lo acosaban telefónicamente para que respondiera por dicha plata y la respuesta del señor no era otra que explicarles que en el momento no tenía un trabajo estable en el que al menos ganara un mínimo. Se había metido de encuestador con la esperanza de ganar dinero para saldar esa deuda, pero lo embargaba un profundo desengaño porque a la fecha sólo lo habían llamado a trabajar unos cuantos días, tiempo insuficiente para ganarse una plata considerable.

Yo por mi parte afrontaba mi propio drama: mientras mis compañeros concluían las encuestas en tiempo récord yo me tardaba eternidades. Por supuesto que ello obedecía a que cada encuestador con el tiempo va afinando sus mañas y técnicas para imprimirle más velocidad a la realización de la encuesta. Así algunos encuestadores se tardaban tres minutos en hacer una encuesta que demoraba mínimo quince. Por supuesto que detrás de semejante celeridad, no faltará la trampa del encuestador que responde por el entrevistado.

Posteriormente decidí firmar contrato con otra firma encuestadora. A diferencia de la anterior ésta se hacía cargo del pago de la seguridad social. Mis compañeras de trabajo eran en su mayoría chicas afrodescendientes, la mayoría con hijos y deseosas de salir adelante. Una de ellas estudió economía en una importante universidad privada, pero no había podido ejercer. Todos juntos nos enfrentamos a los trajines de la calle, sobre todo en estratos altos: puertas que no abren a pesar de que uno toca con insistencia, gente que se niega a colaborar, personas que no cumplen con el perfil que exige cada estudio, todo ello bajo un sol inclemente. A eso hay que sumarle encuestas más enredadas que el intrincado laberinto del minotauro, las cuales sólo provocan tedio a quien las hace y a quien las responde.

Hacer encuestas no es un trabajo para nada fácil. Así que cada vez que vea una encuesta presidencial o de cualquier tipo en los medios de comunicación, acuérdese que detrás de ella hay varios personajes anónimos que han invertido tiempo, energía y sudor para realizarlas.