viernes, 3 de agosto de 2012

NO VALEN NADA


Domingo 03 de junio. Arribé a las 10:00 am a las Canchas Panamericanas con la intención de participar de un plantón en protesta por la brutal violación y torturas a las que fue sometida Rosa Elvira Cely en Bogotá, vejámenes que finalmente le causaron la muerte. A esa hora debía iniciar el acto, pero tras perderme por un buen tiempo en el mar de fantoches exhibiendo su musculatura que participan en la ciclovía sobre la Novena, no vi rastro de los manifestantes. Sólo hasta las 11 pude avistar a un pequeño grupo de mujeres y hombres con pancartas, camisetas y carteles exigiendo el fin de la violencia hacia el género femenino.

De dicho acto de protesta me enteré a través de facebook. A tempranas horas de ese mismo domingo accedí a la página web de El País y allí no había ninguna mención sobre éste. Quizás –son meras especulaciones- sus organizadoras fallaron al no recurrir a los medios de comunicación para convocar a la ciudadanía. Un boletín enviado a las emisoras, periódicos y noticieros de la ciudad, llamadas a periodistas que cubren temas locales para que ayudaran a invitar a la gente al acto, quizás hubieran marcado la diferencia.

Pero no nos llamemos a engaños. Posiblemente ni la más efectiva labor mediática hubiera logrado vencer la indiferencia de una sociedad con el machismo enraizado hasta sus tuétanos. En Bogotá, por ejemplo, a pesar del apoyo de los medios sólo marcharon 5.000 personas, cifra exigua para una ciudad de ocho millones de habitantes. Y esa realidad refleja cómo en Colombia la mujer no vale nada.

O sí vale, pero sólo por el tamaño de sus culos y tetas. O como un instrumento de satisfacción sexual, sea ésta consentida o no. Caminar sola en una calle a las 10 de la noche es una idiotez que ninguna caleña se puede dar el lujo de cometer, pues los hombres pueden pensar que es un casquivana buscando aventura. ¿Usted estaría tranquilo si su hermana, hija o amiga aborda un taxi a altas horas de la noche o la madrugada? Yo no.

Mas esa no es la única violencia a la que se exponen las mujeres en este país. Los cientos de casos de féminas asesinadas por “motivos pasionales” o cuyos rostros han sido desfigurados con ácido, lo demuestra. Ni de qué decir del hecho de que en Colombia la violencia intrafamiliar sea un delito “querellable”, es decir, que obliga a las mujeres maltratadas a “conciliar” con su compañero agresor.

Noches atrás una terrible pelea en plena madrugada me arrancó de los brazos de morfeo. Un tipo estaba arrastrando de los pelos a su compañera sentimental mientras le propinaba puños en la cara. Ella le rogaba que no le desfigurara el rostro. Yo por cobardía no me atreví a bajar del cuarto piso en el que vivo para tratar de ayudarla. Me limité a llamar a la Policía. Lo triste es que todos siguieron mi ejemplo. Nadie, si siquiera los porteros de las unidades circunvecinas, hizo el mínimo esfuerzo por detener la paliza que sufría la desdichada mujer. Al final las voces del agresor y su pareja dieron pasó a un profundo silencio que fue interrumpido segundo después por la voz de Vicente Fernández entonando “Mujeres Divinas”. De alguna casa vecina habían hecho sonar el tema para ambientar una fiesta. Triste y patética paradoja.

martes, 31 de julio de 2012

NEGOCIO MADE IN CALI


En el país del Sagrado Corazón alquilan piezas, vestidos, armas… y lavadoras. Durante seis años Carlos Valencia trabajó en una empresa dedicada a alquilar esos aparatos que le ahorran a las personas dolores en sus riñones, manos maltratadas y horas enteras frente a un lavadero.  “Pero llegó un día en que me aburrí de  trabajarle a otros. Por eso monté mi propio negocio hace seis meses”, confiesa.

Emprendió esa aventura con una lavadora de segunda que le costó $100 mil.  “luego - cuenta- compré otra a $150 mil. Y mi hija me colaboró con otras dos también de segunda”. Por su alquiler cobra dependiendo del barrio donde las soliciten: “siempre he trabajado en el Norte. Si piden una lavadora en el barrio Popular, cobro $1000 por hora. Pero si solicitan el servicio en barrios que quedan más lejos como Álamos o Vipasa, pido $1500”, explica.

Hasta ahora afirma que le ha ido bien. Pero admite que “de lunes a viernes el negocio es flojo. Se mueve más los sábados y domingos, sobre todo cuando coinciden con la quincena”. No ha sido fácil para él acostumbrarse a sacrificar sus fines de semana. Con un dejo de tristeza en su voz se queja de que “uno no puede decirle al cliente ‘mañana domingo no trabajo’. Ahí mismo llaman a otro lado, porque en esto hay mucha competencia. Yo llevo tiempo sin poder visitar a mi familia que vive en Yumbo,  porque no me queda tiempo”.

A Carlos le gusta trabajar solo. Él mismo se encarga de transportar las lavadoras a los domicilios de sus clientes, en primer lugar porque no gana lo suficiente para contratar a alguien que se encargue de esa tarea y en segundo lugar “porque esos muchachos no tratan bien las máquinas y las terminan dañando. Además no vienen a trabajar un sábado o un domingo porque el día anterior se fueron de fiesta y amanecieron enguayabados”.

A eso se suma que hay clientes “complicados”. Si el muchacho que transporta la lavadora no es de su simpatía “son capaces de inventar que se robó cualquier cosa de la casa para embalarlo”, narra. Sin miedo revela que a él, en su anterior trabajo, le llegó a pasar: “Fui a llevar una lavadora a una muchacha que vivía en Floralia. Me devolví a la empresa y a las dos horas ella llamó diciendo que se le había perdido una cartera.  Me echó la culpa prácticamente. Después se supo que la ladrona era una amiga que vivía con ella”.

En otras ocasiones esos usuarios han dañado sus máquinas porque “les echan mucha ropa o porque tienen niños pequeños que oprimen las teclas que no son”. Ante esa situación Carlos no puede hacer mucho: “Uno les cambia la lavadora por otra, porque si uno se pone alegar con ellos buscan a otro que les preste el servicio”. Tampoco faltan los clientes “vivos” que se roban las lavadoras.

A pesar de los obstáculos Carlos le seguirá apostando a ese modelo de negocio que, según él,  “nació en Cali” y de aquí se ha expandido a toda Colombia. Aunque sabe que mantenerse es difícil porque  “son negocios que así como van llegando,  también se acaban”. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Nadie está por encima de la ley

Nadie puede estar por encima de la ley. Ni los sacerdotes, ni los cogresistas, ni los menores de edad que cometen delitos, ni los machos que hacen y deshacen amparados en la dictadura heterocentrista que nos ha dominado por años. Y mucho menos los militares que creen que llevar puesto un uniforme les da licencia para hacer lo que se les antoje. Por eso  estoy en desacuerdo con los tribunales eclesiásticos, la inmunidad parlamentaria, el fuero militar y en general con todas aquellas gabelas jurídicas que revisten de impunidad los crímenes de aquellos que detentan cierta autoridad, o que poseen cierto poder.

En ese orden de ideas aplaudo que la justicia colombiana esté tratando de esclarecer los abusos cometidos durante la retoma del Palacio de Justicia y castigar a los responsables. Sin lugar a dudad la gran responsabilidad del holocausto recae sobre el M19 y nadie puede restarle gravedad a todos los excesos que cometió esa guerrilla en el desarrollo de la toma. Si llegare a se cierto que ejecutaron esa acción para hacerle un mandado al cartel de Medellín -y no por un interés revolucionario como adujeron en su momento- el peso de su culpa es mucho mayor.

Pero ello no justifica los desmanes de los militares en su intento por repeler el ataque subversivo. Once empleados de la cafetería desaparecieron sin dejar rastro. Hay testimonio gráfico de rehenes que salieron vivos asidos a los brazos de militares, mas después aparecieron muertos con tiros de gracia o simplemente nunca aparecieron. También existen testimonios monstruosos sobre torturas a varios rehenes infligidas por militares que incluyeron abusos sexuales a mujeres. Incluso se habla de una mujer embarazada que parió en medio de las torturas y a la cual le arrebataron a su hijo.

Si los militares en realidad cometieron esos vejámenes, deben responder. Uno de los primeros pasos que la Justicia ha tomado en ese sentido es la condena a Alfonso Plazas Vega. Como era de esperarse la ratificación del Tribunal Superior de Cundinamarca de la pena proferida por otro tribunal al militar por la desaparición de dos rehenes durante la retoma, no cayó en gracia en esta país de ultraderecha. Muchos asumen que la justicia se mamertizó o fue infiltrada por el terrorismo; por tanto la pena al militar es un castigo a los "héroes" que "defendieron la democracia" amenazada por el terrorismo.

Mala interpretación: la Justicia no está castigando o coartando a los militares por cumplir con su deber; simplemente les está aplicando una pena justa por los abusos que cometieron. Muchos dicen que los empleados de la cafetería era auxiliadores del M19. Si era así el camino correcto era denunciarlos ante las autoridades judiciales y que éstas determinaran la validez o falsedad de las acusaciones. De cualquier manera es muy difícil justificar el hecho de que fueran sometidos a los tratos más infames.

Algunos dicen que la Justicia se está ensañando con los militares. Pero lo cierto es que durante más de 20 ésta no los llamó a responder por lo ocurrido en la retoma. A la Fuerza Pública la asiste la obligación de velar por el orden y contrarrestar los actos de violencia. Pero de allí a que portar un uniforme les dé el derecho a los policías y militares de hacer lo que les venga en gana sin responder por ello, hay mucho trecho.

lunes, 19 de diciembre de 2011

ADIOS A JORGE IVONNE

¿Cuál es la herencia que le deja Jorge Ivonne Ospina a Cali a escasos días de que expire su nefasta alcaldía? Es una herencia mediocre y paupérrima digna de un odioso ser que se dedicó a venderle al pueblo circo y megaobras, mientras le daba la espalda a los problemas más graves de la ciudad.

Empecemos con las Megaobras: nadie niega que Cali carecía de grandes obras de infraestructura; por ello es muy loable que el mamarracho Ospina haya decidido acometerlas y financiarlas a través del impuesto de valorización. Ahora, que esas megaobras que ahora están ejecución sean las que de verdad necesita la ciudad, eso no lo tengo claro pues no soy urbanista, ni ingieniero, ni experto en movilidad; pero si de algo estoy convencido es que calificar de "megaobra" el reparcheo de la Autopista Sur, la construcción de puentes peatonales y un parque en el Oriente de Cali, es una exageración. Reparar la carpeta asfáltica de las calles y construir puentes peatonales y parques no son megaobras, son obligaciones que el Municipio forzosamente tiene que atender.

Pero eso es lo de menos. Lo grave es que varias de esas flamantes obras están 'embolatadas': la plazoleta de la Caleñidad no se ha podido continuar por líos con un edificio en poder de estupefacientes; la ampliación de la Avenida Circunvalar también está en veremos porque no se han adquirido todos los predios que es preciso demoler para llevarla a cabo; la dichosa extensión de la Carrera 80 hacia la ladera ni siquiera ha empezado. Y ese 'chicharrón' Ospina se lo legó al momio Rodrigo Guerero.

Pero ese es sólo uno de los muchos problemas por resolver que hereda la querida Ivonne a la administración entrante. Este remedo de alcalde no hizo prácticamente nada por rescatar el centro histórico de la ciudad y en general las granes patrimonios arquitectónicos de Cali durante su gestión; hoy día esas bellas casonas y edificios desperdigados por el Centro y Oeste caleño están cayéndose a pedazos, han sido demolidos, o algunas cafres los han convertidos en repugnantes parqueaderos. Si bien el problema viene de tiempo atrás y ha estado inveterado en la narco-cultura caleña por años, Ivonne poco nada hizo para frenarlo o revertirlo en durante su mal gobierno.

Por otro lado, el burgomaestre se hizo el de la vista gorda con la inundación de todo tipo de negocios de mala muerte -estancos, bares, moteles- en zonas residenciales. Pocos meses antes de dejar el cargo descubrió que el agua moja y denunció la existencia de una mafia en Planeación Municipal que otorgaba permisos fraudulentos para este tipo de establecimientos en zonas donde está prohibido. Se demoró 4 años en percatarse de un fenómeno que para cualquiera salta a la vista.

Y sobre el medio ambiente ni hablemos. Poco o nada hizo Ivonne para rescatar los maltrechos siete afluentes que bañan a Cali; poco o nada hizo para frenar las construcciones a los alrededores del Río Pance; poco o nada hizo para combatir la minería en los cerros de Cali; poco o nada hizo por evitar la continua tala de árboles que ocurre diariamente en la ciudad ante la mirada cómplice de todos. Es más, este alcalde tuvo el descaro de construir una solución habitacional como Altos de Santa Elena, destruyendo la vegetación nativa de la zona y poniendo en peligro al río Mélendez. Tampoco hizo nada para evitar la invasión tanto de los asentamientos ilegales, como de aquellas lujosas construcciones estrato 4, 5, y 6 que están erosionando las bellas lomas que se alzan sobre la ciudad.

De la inseguridad y el desempleo ni hablemos. Ivonne se dedicó a regalarle a los inútiles Guardas Cínicos miles de millones de pesos por la ardua labor de hablar caca en los parques, mientras a la Policía le dio sólo limosnas. Si la Policía con recursos no sirve para nada, sin recursos mucho menos. ¿Y el desempleo?, ¡qué verguenza!: en Cali roza el 15%. Y si bien ese es un problema más de competencia del Gobierno Nacional, revela la postración en que está sumida esta ciudad.

A eso sumémosle  los $90 mil millones que se gastó Ivonne en un estadio que ya los vándalos hinchas del América se encargaron de volver mierda. Una cifra insólita si se considera que en otras ciudades apenas costó 20 mil millones de pesos. Pero bueno: ahora Ivonne borrará esos pequeños errores, embruteciendo al pueblo con una nueva versión de  la vulgar y narcotizada Feria de Cali. De seguro saldrá del CAM por la puerta grande. Falta ver con qué sale el honorable momio Rodrigo Guerrero

miércoles, 30 de noviembre de 2011

NAVIDAD HEDIONDA

Llegó otra vez la navidad. Pero desde septiembre pasado cientos de familias han atiborrado sus casas con las decoraciones alusivas a estas festividades. Y colgado en sus ventanas las emblemáticas lucecitas multicolores. Ya algunos son tan descarados que seguro las van a dejar instaladas hasta diciembre del 2012. Para mí todo ello no es más que una patraña. Si existe una época del año que deteste, es precisamente la navidad. Se supone que es una festividad religiosa en la que se celebra el nacimiento de Cristo. Pero los colombianos se han encargado de "paganizarla", convirtiéndola en la fecha propicia pa' parrandear y llenar sus panzas y venas con cantidades industriales de trago. No se puede negarlo: éste es un país de alcohólicos y esa condición está tan arraigada en los colombianos que aquel que se declare abstemio es visto como un bicho raro, como el mosco en leche, como la ficha que no encaja en el rompecabezas.

Sin embargo la Navidad no es la única celebración cristiana que es despojada de su carácter sacro. Observemos la Semana Santa, supuesta época que se debe dedicar a la reflexión y el recogimiento, pero que ha devenido en temporada vacacional, de relajo y hasta de desenfreno. Todos esos ejemplos dan cuenta de lo inútil que es la religión católica. Es la supuesta guardianas de la moral, el dominio de las pasiones, la abstinencia, pero  sus preceptos se tergiversan  para adaptarlos a las necesidades lúdicas  o de cualquier otra índole de los colombianos.

Ya llegó Navidad, época de la alegría, y yo, que soy un amargado, no puedo soportar las hediondas energías de toda la gente que sale a la calles y se agolpa en la zona del CAM,  para derrochar "alegría" y observar un carísimo e inútil alumbrado navideño. Menos soporto los perturbadores sonidos de la pólvora, su nauseabundo olor, y nunca entiendo cómo a pesar de estar prohibida nunca faltan los ordinarios que la consiguen y la hacen estallar en las narices de uno. Tampoco comprendo la hipocresía de una fecha en la que todos son amigos, compadres, se quieren, se adoran, se desean éxitos y bendiciones, mientras el resto del año se matan, se insultan, se odian, se ultrajan mutuamente de la manera más asquerosa. Los colombianos se comportan como una mierda durante once meses, pero en diciembre se llenan de buenos deseos, buscan a sus familias para compartir con ellos, proyectan objetivos que nunca cumplen el año venidero. Otro detalle de la navidad es que se mercantilizó; se convirtió en la fecha donde todo el mundo espera su regalito del Niño Dios. Por eso los comercios y empresas elaboran sus falsos jingles navideños donde hablan de todo lo bello de esta fecha, pero que de seguro están llenos de mensajes subliminales para incitar a la gente a consumir, consumir y consumir.

Lo único bueno de diciembre es que uno se puede deleitar con una rica natilla, un sabroso pavo relleno, una exquisita ensalada rusa, etc. Sin duda los placeres gastronómicos son lo único bueno que yo lo veo a la llegada de este despreciable mes.

Pero lo más asqueroso del asunto es que después de la Navidad viene esa maldita Feria de Cali, con su cabalgata llena de traquetos ordinarios, su bulla intolerable, sus borrachos insufribles y esa sofocante y hedionda energía que ha convertido en Cali en la supuesta Capital de la Alegría. Voy a tener que soportar una vez más como la cultura del narcotráfico se campea en las calles de Cali cada uno de los días en que esa malhadada Feria concentra la atención de todo el país.

Maldita sea la Navidad con toda su carga de falsa unidad, reconciliación, relajo y trago ventiao. ¿Y del pobre Cristo qué se puede decir? Nada porque en la celebración de su natalicio los colombianos se acuerdan de todo menos de él.

sábado, 12 de noviembre de 2011

PENÉPOLIS

Sonia no lo dudaba ni un instante: en el lugar donde había nacido no valía nada por ser mujer.  Penépolis se llamaba ese sitio  y allí las mujeres sólo tenían tres alternativas: ser amas de casa, ser empleadas domésticas o ejercer la prostitución.  Desde chicas se debían enfrentar a la terrible posibilidad de ser violadas por cualquiera al que se le antojara hacerlo porque dicho acto ni siquiera  estaba tipificado como delito en el código penal.  Ciudadanas de cuarta categoría, eso eran las féminas en ese villorrio miserable  y  sólo podían lograr cierto estatus si explotaban su dimensión puramente sexual.  Silvia, la hermana de Sonia, era un fiel ejemplo de ello: desde joven se dedicó a la prostitución y transformó su cuerpo para hacerlo lo más tentador posible a los ojos de los hombres.  Aumentó el tamaño de sus tetas, se sometió a varias  liposucciones y se convirtió en asidua visitante de los gimnasios;  gracias a ese ‘arduo esfuerzo’ logró atrapar a un hombre bastante acaudalado.  Sonia la odiaba profundamente porque encarnaba las perversiones de  un sistema social que para ella era terrible. Pero pensar así era un riesgo.  Semejantes ideas subversivas eran duramente castigadas en Penépolis.  El feminismo era perseguido y la homosexualidad masculina era condenada con la muerte. Las lesbianas eran obligadas a servir de meretrices en procura de curarlas de su 'enfermedad'.

El Gobierno de Penépolis estaba a la cabeza de un Alcalde cuyo despacho se situaba en  un enorme edificio en forma de falo ubicado en el centro de la ciudad. Todos los funcionarios públicos eran hombres, incluidos jueces y miembros de la Fuerza Pública. Y sólo los hombres tenían derecho a la propiedad privada y a la libre creación de empresas.  El acceso a la cultura era también su monopolio: las mujeres no podían ni siquiera aprender a leer.  Sin embargo los seres humanos siempre se las arreglan para burlar las dictaduras y varias mujeres de manera clandestina no sólo aprendieron a leer, sino que hacían circular panfletos que llamaban a la rebelión contra la dominación masculina. Sonia leía con fervor esos escritos virulentos e incendiarios. Y admiraba profundamente  a Petra, una guerrillera que durante años sembró el terror en las afueras de Penépolis emasculando a los de su sexo opuesto. Fue capturada y condenada a ser violada por una veintena de hombres que la volvieron pedazos.

Sonia  era fea y acentuaba su poco atractivo vistiéndose  desaliñadamente. Además era  lesbiana. Trabajaba haciendo aseo en la sede de Gobierno. Con los pocos centavos que ganaba pagaba el alquiler de una habitación miserable y gris, infestada de cucarachas, donde el  suministro de agua era interrumpido por horas enteras.  El 80% de las mujeres en Penépolis padecían esa misma pobreza.  Silvia casi nunca la visitaba. Pero cierto día decidió hacerlo pues tenía una propuesta que hacerle.  La voluptuosa hembra entró a la pequeña alcoba de Sonia sin poder ocultar la repugnancia que sentía.

_  Usted me da lástima -fue lo primero que atinó a decir-  Cada vez que la visito me alegro más de la vida que tengo.
_  ¿Si es así a qué viene?- replicó Sonia.
_  Necesito una empleada del servicio en mi casa. Necesito que sea usted, porque es la única persona de confianza que conozco.
_ No me interesa- contestó Sonia con rapidez.
_ Debería alegrarse de que le ofrezca salir de este maldito hueco. En mi casa va a estar mejor...  al menos es una casa limpia...
_  No me interesa. Yo no nací para ser una sirvienta, una esclava.
_  ¿Y acaso donde trabaja no lo es ya? Le parece muy digno lo que hace en la sede de Gobierno.
_  Al menos aquí tengo algo de independencia. Si aceptó su propuesta  voy a perder  la poca libertad que tengo.
_ Algún día se va a arrepentir de haberse dejado meter tantas cucarachas en la cabeza. Usted sabe que aquí a las rebeldes  les va muy mal.

Llena de cólera Sonia  le replicó a su hermana:
_  Algún día todo cambiará. No hay mal que dure mil años.
_  Ilusa, usted está buscando que la maten.
_  Pues yo prefiero la muerte a tener que seguir soportando esta situación miserable.

Un gesto de rabia  se dibujó en el rostro de Silvia y se marchó. De camino a su casa recordó que su marido era un ser grotesco, gordo,  agresivo, que  además la obligaba a besarse con mujeres, ingerir heces y a dejarse penetrar por decenas de hombres delante de él.

Sonia estaba decidida. No quería soportar más el yugo de los hombres. Estaba hastiada de tanta soberbia,  corrupción y egoísmo.  Sabía de la existencia de un movimiento clandestino que con ayuda de homosexuales cómplices en las Fuerzas Armadas había conseguido armas y explosivos, y de manera esporádica realizaba atentados bajo la consigna de reinvindicar los derechos de las mujeres.  El establecimiento fingía menospreciar esos actos de terrorismo,  pero vigilaba celosamente a las mujeres  para detectar cualquier brote de subversión. 

El detonante

En una ocasión Sonia salió tarde del trabajo.  Iba rumbo a su hogar cuando vio en la calle a un hombre, su esposa y su pequeña hija.  De repente el individuo empezó a gritar y agitar sus brazos. Al parecer le reclamaba a su compañera por algo. Se volvió un energúmeno y le asestó un fuerte a la mujer, tan fuerte que  ella cayó al suelo.  La niña rompió en llanto al ver la escena  y el  sujeto  decidió  patearla.  Por el lugar deambulaban muchos hombres y ninguno intercedió por las agredidas.  Algunos incluso se burlaban.  Indignada, Sonia salió en defensa de su género.  Pero el violento agresor apagó sus ánimos propinándole un puño que casi le desfiguró el rostro. 




Esa vivencia se grabó en su mente. Y a partir de entonces se  obsesionó con la loca idea de ver en ruinas el edificio en forma de pene erecto en donde trabajaba todos los días a cambio de una mísera paga.

Pasado un mes aproximadamente recibió una llamada inesperada:
_ Sonia...  estás interesada en servir de acompañante...  el pago no es mucho, pero te irá mejor que siendo aseadora.

Ella sabía que le hablaban en clave.  Sus peticiones habían sido escuchadas:  había sido invitada a una reunión del movimiento clandestino al que deseaba enrolarse.  Llegó a una casa vieja y  desvencijada.  Entró y alguien la condujo a un sótano.  Allí una mujer de aspecto indómito a la que llamaban "Yidis" arengaba a varios hombres y mujeres presentes:

_  Necesitamos un acción grande y contundente.  Necesitamos  atacar al símbolo de la tiranía. Nuestro objetivo es colocar una bomba en la sede de Gobierno.

_ Qué idea tan estúpida  -aseveró alguien entre la multitud- , eso es imposible, ese edificio está ultra protegido.  Nunca podremos atentar contra él.
_ Eso es falso -replicó Sonia- esa seguridad no es inexpugnable. El alcalde y los hombres que trabajan allí dan por sentado que nunca los van a atacar.
_ ¿Quién es usted?-  dijo la mujer que dirigía la reunión.
_ Soy Sonia, trabajo de aseadora en ese edificio.
_  ¿Y por qué está aquí?
_  Quiero pertenecer a ustedes. Odio a los hombres, los desprecio como no tienen idea. Yo estoy dispuesta a hacer lo que sea. A sacrificar mi propia vida con tal de acabar con este régimen.

Esas palabras sellaron su suerte. Pero había que probar qué estaba dispuesta a hacer. La primera prueba que debía superar era 'sencilla': seducir a un hombre para después castrarlo.  Sonia no era capaz de usar armas blancas, las odiaba. Así que les propuso a los miembros de la organización terrorista cambiar el método de castigo.

_  ¿Puedo quemarle el miembro con ácido o con fuego si es preciso?-  preguntó.
_  Adelante - contestó la líder, con un tono irónico. Le había hecho esa propuesta en broma y pensaba que nunca se atrevería a realizarla.

Al día siguiente Sonia se arregló lo más que pudo, logrando que aflorara en sí una belleza que todas las mujeres llevan oculta. Se lanzó a las calles y le hizo señas a los carros. Uno de ellos se detuvo.  Su conductor era un sujeto de aspecto vomitivo.  Era su cuñado.  Éste no la reconoció. Fueron a unas viejas cabañas. Ya dentro el sujeto encendió un viejo radio que emitía una música ensordecedora.  Luego se apuró a consumar el acto sexual.  Sonia opuso resistencia.  El hombre decidió forzarla. En ese instante la aterrada mujer sacó una pequeña daga que había escondido en su falda y la enterró en el cuerpo de su cuñado.  Éste lanzó un alarido que se perdió en medio del ruido que inundaba la habitación. Tras la primera puñalada, vinieron muchas más.  Sonia fue incapaz de emascular ese cuerpo ensagrentando.  Asustada salió del sitio  y huyó en el auto de su cuñado que por fortuna tenía vidrios polarizados.
Muchos pensamientos se cruzaban por su mente. No había logrado superar la prueba en su totalidad.  No había tomado fotografías  que probaran el acto. Además se cuestionaba haber cometido un crimen tan terrible.  Había actuado con la misma perversidad que tanto le reprochaba a los hombres.  Pero una voz en su interior le decía que no sintiera culpa y que recordara  la pobreza en la que vivía, los abusos que había sufrido y de los que había sido testigo.

Un sueño cumplido
_  Cuando se lo propuse le hablaba en son de broma. Pero fue capaz.
Esas fueron las palabras de Yidis al ver a Sonia. El crimen era de conocimiento público. Las autoridades habían encontrado el arma asesina y por las huellas dactilares supieron que era Sonia la responsable de la muerte de su propio cuñado.
_ Ahora tendrá que vivir escondida –le dijo Yidis- haremos lo posible por mantenerla oculta… Nunca pensé que usted fuera capaz…
_  ¿Y ahora qué sigue?- interpeló Sonia.
_  Eso ya lo veremos.  ¿Tanto odia a los hombres?
_  Sí.
_  ¿Sabe?,  la admiro.  Se necesita tener agallas para hacer lo que hizo. Si la atrapan no se imagina lo que le pueden hacer.  Una mujer criminal para los hombres es una afrenta para su ego.  Y mucho más una que se aprovechó de la lujuria de uno de esos machos para matarlo. Esa osadía los hombres no la pueden tolerar. Sabe una cosa, dentro de poco asestaremos un gran golpe.

El silencio se apoderó del espacio clandestino en el que estaban. Luego tímidamente Sonia masculló:  "¿Cuál golpe?"  y recibió un "Ya sabrá" como respuesta.

Durante un breve lapso Sonia se dedicó a  labores menores dentro de la organización como repartir panfletos.  Pero a pesar de que tenía que vivir en las sombras y huyendo de todos se sentía más libre que nunca.  Dizfrazada como una indigente burlaba a esa sociedad machista que la perseguía. En las noches repartía esos pasquines cuya lectura tanto la había apasionado. Pero su suerte estaba echada. De nada le sirvió cortarse el pelo, vestirse como un hombre andrajoso y andar sucia y descalza. Las autoridades la capturaron. Era el 16 de marzo, día de su cumpleaños



Lo que ignoraba Sonia  es que camaradas suyos habían fraguado durante mucho tiempo ese golpe definitivo del que había sido advertida hace poco. El plan era simple: el grupo terrorista encontró un aliado en un piloto homosexual dispuesto a sacrificarse por la causa feminista y libertaria. Ese 16 de marzo debía pilotear un avión con varios ejecutivos que viajaban para participar en  una orgía con prostitutas de una ciudad vecina. 


Mientras el avión despegaba, una patrulla policiaca, con Sonia en su interior, partía hacia la sede de Gobierno.  Al parecer el Alcalde había ordenado ejecutar a la guerrillera frente al emblemático falo gigante.  Miles de mujeres serían testigos de su muerte  para ver si así escarmentaban y abandonaban sus ideas subversivas.  Mientras la patrulla se acercaba al patíbulo el avión cambió la ruta fijada y se dirigió a la sede de Gobierno.  Minutos después Sonia disfrutó  la imagen más bella que había  podido contemplar en toda su vida.  Un ave blindada de metal se estrelló contra el pene gigante que terminó desplomándose ante el fuerte impacto. Un gozo para el alma. La castración para un sistema injusto y esclavista.

Fue la última imagen que observo Sonia. Ella fue asesinada y después del atentado se inició una persecución feroz que  aniquiló a todas las mujeres y hombres que pertenecían a su movimiento.

lunes, 7 de noviembre de 2011

REGGAETON

Recuerdo que en 2003 una canción irrumpió con fuerza en el escenario musical colombiano. Si no estoy mal se llamaba Felina y era un tema exponente de un nuevo ritmo, el reggaetón. Algunos dijeron que sería una moda pasajera, pero desgraciadamente hoy, ocho años después, esa música del demonio sigue vigente y tal parece que su extinción no va a ocurrir en el corto plazo. ¿Pero por qué esa porquería sigue sonando con tanta fuerza? Pues precisamente por eso, porque es una porquería hecha a la medida de la bajeza de los seres humanos que son, dicho sea de paso, otra porquería.

En efecto el reggaeton ha sido exitoso porque ha explotado las fibras más bajas del gusto musical de la gente. En primer lugar es un ritmo mediocre instrumentalmente hablando; de hecho todas las canciones del reggaeton, cuando se oyen a lo lejos, suenan igual, con ese mismo golpeteo incesante que perturba la calma de los más pacientes. No se necesita ser un Mozart para producir reggaeton y tampoco hay que ser un virtuoso de la música para comprender ese género o más bien degénero. Y tampoco hay que ser un tenor, ni siquiera ser un cantante medianamente bueno para interpretar canciones tan nauseabundas como la "zunga zunguera", entre otras. Por eso Colombia se ha llenado de mediocres con cabeza rapada que se lanzan a ser reggaetoneros porque saben que para ese tipo de música no se necesita tener talento. Y como a la gente le da pereza pensar, oyen reggaeton porque es elemental y no demanda mayores essfuerzos intelectuales.

Por otra parte el reggaeton es una música violenta y fuertemente ligada a la sexualidad. Las mujeres en el reggaeton se convierten en putas que sólo tienen valor desde su dimensión sexual. Como ya dije antes el reggaeton es una música para desfogar pasiones bajas al ritmo de ese golpeteo agresivo que crispa los nervios. Y como el ser humano es proclive a las bajas pasiones, a la violencia y a una líbido desbordada, por eso ve en el reggaeton un ritmo con el que se identifica y sintoniza.

Por ello, mientras el humano siga siendo humano y el adolescente siga siendo adolescente, es decir, que continúe siendo burdo, bruto, elemental, agresivo, arrecho y mediocre, el reggaeton seguirá haciendo retumbar nuestras casas, nuestros oídos y nuestras almas. Ese degénero no es más que un termómetro de lo bajo que ha caído nuestra sociedad. Ojalá que algún día los colombianos, en especial los jóvenes, despierten de ese letargo y releguen ese género de mierda al rincón más recóndito del olvido y el desprecio. Por desgracia al parecer para ello tendrán que pasar mil años.