viernes, 2 de noviembre de 2012

NEGOCIO MADE IN CALI



En éste, el país del Sagrado Corazón alquilan piezas, vestidos, vientres, armas… y lavadoras. Carlos Valencia, un valluno de 40 años acostumbrada desde siempre a trabajar “en lo que saliera”, estuvo vinculado durante seis años a una empresa dedicada al alquiler de esos aparatos que le ahorran a las personas dolores en sus riñones, manos maltratadas y horas enteras frente a un lavadero. 

Ya es una imagen habitual en las calles de Cali –como para congelarla en una postal o retratarla en una estampilla- la de jóvenes “viga” transportando en triciclos las lavadoras para luego cargarlas sobre sus espaldas hasta el interior de la casa de cada cliente. Esa era la labor que debía desempeñar Carlos. “Pero llegó un día en que me aburrí de  trabajarle a otros. Por eso monté mi propio negocio hace seis meses”, confiesa.

Los comienzos del negocio
El hombre emprendió esa aventura con una lavadora de segunda que le costó $100 mil. No contaba con el capital suficiente para adquirir una nueva.  “luego -cuenta- compré otra a $150 mil. Y mi hija me colaboró con otras dos también de segunda”. Por su alquiler cobra dependiendo del barrio donde las soliciten: “siempre he trabajado en el Norte. Si piden una lavadora en el barrio Popular, cobro $1000 por hora. Pero si solicitan el servicio en barrios que quedan más lejos como Álamos o Vipasa, pido $1500”, explica.

Hasta ahora afirma que le ha ido bien. Pero admite que “de lunes a viernes el negocio es flojo. Se mueve más los sábados y domingos, sobre todo cuando coinciden con la quincena”. No ha sido fácil para él acostumbrarse a sacrificar sus fines de semana. Con un dejo de tristeza en su voz se queja de que “uno no puede decirle al cliente ‘mañana domingo no trabajo’. Ahí mismo llaman a otro lado, porque en esto hay mucha competencia. Yo llevo tiempo sin poder visitar a mi familia que vive en Yumbo,  porque no me queda tiempo”.

Clientes complicados
A Carlos le gusta trabajar solo. Él mismo se encarga de llevar las lavadoras a los domicilios de sus clientes, en primer lugar porque no gana lo suficiente para contratar a alguien que se encargue de esa tarea y en segundo lugar “porque esos muchachos no tratan bien las máquinas y las terminan dañando. Además en cualquier momento les da por no venir a trabajar un sábado o un domingo, porque el día anterior se fueron de fiesta y amanecieron enguayabados”.

Hay que sumarle a todo ello la existencia de clientes “complicados”. Si el muchacho que transporta la lavadora no es de su simpatía “son capaces de inventar que se robó cualquier cosa de la casa para embalarlo”, narra Carlos. Sin miedo revela que a él, en su anterior trabajo, le llegó a pasar: “Fui a llevarle una lavadora a una muchacha que vivía en Floralia. Me devolví a la empresa y a las dos horas ella llamó diciendo que se le había perdido una cartera.  Me echó la culpa prácticamente. Después se supo que la ladrona era una amiga que vivía con ella”.

Otros usuarios han terminado dañando las herramientas de trabajo de Carlos porque “les echan mucha ropa o porque tienen niños pequeños que oprimen las teclas que no son”. Ante esa situación él no puede hacer mucho: “uno les cambia la lavadora por otra, porque si uno se pone alegar con ellos buscan a otro que les preste el servicio”.

Tampoco faltan los avivatos –fieles exponentes de la malicia indígena colombiana- que se hacen pasar por clientes para robarse los aparatos. Por eso Carlos explica que “uno no puede confiarse. Uno tiene que analizar al cliente. Si yo veo que es sospechoso, que la casa está vacía o el tipo se está como mudando, ahí mismo yo me traigo la lavadora”.

Made in Cali
El mantenimiento de los aparatos también corre por cuenta del diligente señor Valencia. “Yo mismo las reviso, las lavó y las desinfectó”, anota. Cuando un cliente empieza a quejarse diciendo que la lavadora “está molestando”, él mismo Carlos –a quien la experiencia le ha enseñado a entender el funcionamiento de esas máquinas como si él fuera el médico y ellas sus pacientes- se encarga de chequear qué problema tienen. “Si es grave –sentencia- le cambio al cliente la lavadora por otra. Si es algo que pueda solucionar en el apartamento donde esté la lavadora, ahí mismo la cuadro”.

A pesar de los obstáculos el hombre de hablar pausado le seguirá apostando a ese modelo de negocio que, según él,  “nació en Cali” y de aquí se ha expandido a toda Colombia. “Yo he estado en Los Llanos, en el Huila, en Santa Marta y hasta en El Chocó y en todas esas partes ya se ve ese servicio.

Aunque sabe que mantenerse en ese singular oficio no es fácil. “Aquí en Cali hay empresarios que tienen hasta 80 lavadoras. Pero son negocios que así como van llegando,  también se acaban”, afirma el hombre con un tono melancólico.

lunes, 27 de agosto de 2012

CASO TAME: INJUSTICIA MEDIÁTICA

El lunes 27 de agosto el ex subteniente Raúl Muñoz Linarez fue declarado culpable de la violación de Jenny Torres de 14 años en Tame, Arauca, y el posterior asesinato de ella y sus dos hermanitos. "Las pruebas no son muchas, pero son contundentes", declaró la jueza que emitió el fallo condenatorio tras casi dos años de ocurridos los execrables hechos.

Son varias las pruebas recaudadas por las autoridades que incriminaron a Muñoz Linares: el hecho de que se hubiera ausentado de la unidad a la que estaba adscrito durante el mismo lapso de tiempo en que el crimen tuvo lugar; el que durante esa ausencia portara consigo un machete, el mismo tipo de arma con el que fueron ultimados los pequeños; y la coincidencia genética entre las muestras de semen tomadas al militar y  aquellas halladas en los cuerpos de la menor ultrajada.

Hubo muchas trabas en este proceso judicial, entre ellas el constante cambio de abogado defensor del uniformado y el sospechoso asesinato de la jueza que originalmente llevaba el caso en Arauca, atribuido al ELN.  La defensa del militar intentó convencer a la justicia de que la muerte de los tres menores había sido cometida por las FARC, pero los testigos que presentó para probar esa  versión no confirmaron que hubiesen presenciado el acto barbárico y tampoco señalaron con nombre propio qué miembros del grupo guerrillero habrían participado en su comisión.

Al margen de esos hechos, causa curiosidad el tratamiento dado por los medios tanto al crimen de los hermanos torres como al juicio al militar implicado. Ha sido evidente la asimetría entre el cubrimiento mediático a este hecho de sangre y la sobre exposición que ha tenido el llamado caso Colmenares. ¿Por qué el uno merece más atención por parte de la prensa que el otro? ¿Acaso es por qué en el caso Colmenares están involucrados "niños bien" de una prestigiosa universidad privada, unos cocacolos hijos de personajes muy influyentes de nuestro país, mientras que en el caso Tame los protagonistas fueron unos niños pobres que vivían en un apartado rincón de la geografía nacional y cuyos padres son unos humildes jornaleros.

En los últimos meses programas de gran audiencia como Séptimo Día y las Crónicas de Pirry le han dedicado sendos espacios a las extrañas y sospechosas circunstancias en que murió el estudiante de Los Andes. En cambio los vejámenes que sufrieron los hermanos Torres no han merecido ninguna mención por parte del locuaz Pirry y el señor Manuel Tedodoro. ¿Por qué Sin rastro, espacio de Caracol especializado en reconstruir macabros crímenes cometidos contra niños, tampoco ha registrado el triple homicidio y doble acceso carnal violento cometidos por Muñoz Linares según el  fallo que  profirió una juez de la República?

¿Por qué los portales web de los periódicos de circulación nacional cuelgan casi a diario notas sobre la muerte de Colmenares, mientras que al caso  Tame con el pasar de los meses le han concedidos espacios cada vez más marginales? Produce arcadas que El Espectador relegue la noticia del fallo condenatorio contra el militar al espacio más recóndito de su portal web, obligándola a competir espacio y atención con una estúpida, insulsa y anodina nota sobre el sexo oral entre escarabajos.

¿Acaso para los genios de El Espectador están en el mismo nivel las felaciones entre  insectos, que la violación de una niña en manos de un militar? ¿Merece la noticia de la condena de Raúl Muñoz Linares perderse en el mar de informaciones que a diario se producen en este país? ¿O es que acaso por ser el subteniente un ex miembro del impoluto Ejército Nacional, su crimen debe ser minimizado, ignorado, silenciado, para no perjudicar la imagen de tan gloriosa institución?

Esperaré sentado a que el periodista extremo, el mago del periodismo efectista Manuel Teodoro, y la gran prensa colombiana le dediquen al menos unos minutos a uno de los crímenes más ominosos que se han perpetrado en Colombia. Y no se trata de criticar el tratamiento dado al caso Colmenares. Ojalá se esclarezca y si el joven fue asesinado, que sobre sus verdugos caiga todo el peso de la Ley. Pero los medios deberían medir con el mismo rasero todos los hechos de terror que enlutan a Colombia.

martes, 7 de agosto de 2012

4 DE FEBRERO-6 DE MARZO

Corría el 4 de febrero de 2008. Salí muy temprano de mi casa y abordé un bus que me dejara cerca de la Plazoleta de San Francisco en Cali. Al llegar vi que ese espacio estaba a reventar de personas vestidas de blanco. A todos nos había reunido el interés de manifestarnos contra las Farc. Éramos cientos de individuos confundiéndonos en una enorme mancha albina que tras varios minutos avanzó hacia su meta final, la Plazoleta del CAM, devorando en el camino todo lo que se encontrara a su paso. 

No había distinciones. En aquella compacta masa blanca se fundían amas de casa, muchachos, representantes de la Fuerza Pública, universitarios y periodistas. La manifestación aparentemente superaba por mucho las expectativas de sus auspiciadores y su magnitud era ciertamente avasalladora. De repente, ya sobre la Avenida Colombia, observé los cadáveres de los miembros del secretariado de las Farc colgando no recuerdo si de árboles o de los postes de la energía. Habían sido ejecutados y ahora eran expuestos ante la voraz masa blanca para satisfacer su morbo y su afán revanchista. Claro, hay que aclarar que se trataba en realidad de simples muñecos inanimados semejantes a los años viejos que queman en diciembre. De cualquier manera al final me sentí como manipulado; albergué la sensación de que aquella marcha más que reclamar paz, resultó ser en realidad una declaración de odio a las Farc y de apoyo implícito a las políticas del entonces presidente Álvaro Uribe. 

Pero fue un ejercicio de participación ciudadana importante que desnudó el prácticamente nulo apoyo popular con el que cuenta esa guerrilla, apoyo que es requisito fundamental para el éxito de cualquier movimiento insurgente que pretenda llegar al poder. Si el llamado “Ejército del Pueblo” carecía de ese respaldo y a cambio se había granjeado el odio de buena parte de Colombia, era por obra y gracia de sus excesos. 

Un mes después, el 6 de marzo, organizaciones sociales convocaron otra manifestación, esta vez contra los crímenes del paramilitarismo. Decidí participar convencido de la importancia de “llorar por los dos ojos”, como diría tiempo después cierto funcionario público colombiano. Abordé un bus. En su interior una de las pasajeras, afrodescendiente y ya de edad, hablaba sobre esa marcha. “No estoy de acuerdo. Con esa marcha sólo le están dando gusto a las Farc. Eso es lo que ellos quieren”, recuerdo que le oí decir. Me apeé del vehículo y me uní a los manifestantes. Ninguno iba vestido de blanco. De hecho no era exigencia portar prendas de un color determinado. 

Quizás el hecho de todos estuviéramos uniformados con un mismo color en la marcha contra las Farc, creó la ilusión de que ésta era más cohesionada. La del 6 de marzo resultaba ser en cambio más fragmentada y llena de lagunas vacías en medio de grupos de personas que se aglutinaban. Era notoria la presencia de delegados de distintos sindicatos. La llamada sociedad civil también participó, pero saltaba a la vista que su número era muy inferior al registrado en la protesta del 4 de febrero. 

El contraste entre una y otra marcha reflejó la realidad nacional fielmente. Para el colombiano del común el paramilitarsmo no deja de ser un mal menor, un dolor de cabeza necesario y hasta un fenómeno que soterradamente hay que defender, a pesar de todas las atrocidades que se le adjudican -más de 100 mil asesinatos, entre muchas otras. Entre tanto la violencia guerrillera sí despierta el odio más enconado, una rabia que quema las entrañas. Lo natural es que la violencia se condenará con la misma vehemencia, viniese de donde viniese, pero… 

Conforme la marcha continuaba, los contrastes se hacían más latentes. El apoyo popular era escaso. La vida comercial en el centro de Cali continuaba como si nada; en los locales ponían música a niveles que ensordecían a través de potentes bafles. Alguien se me acercó y espetó “Todos los dueños de esos locales son putos paisas”. Los automóviles continuaban su marcha casi pretendiendo embestirnos a quienes protestábamos. El 4 de febrero en cambio las vías lucieron completamente despejadas para que la refulgente masa blanca se moviera a sus anchas. 

Sobre la Calle 13 o Calle 15, ya no recuerdo, oímos unos gritos. “¡Libérenme, estoy secuestrado, libérenme!”, exclamaba un saboteador desde lo alto de un edificio. Algunos sonrieron. Otros de aquellos que nos miraban desde la distancia, nos insultaban. “Váyanse a vivir a Venezuela”, sentenció uno de ellos. 

Cuando la marcha estaba por terminar un individuo intentó pintar un graffiti. La Policía quiso impedírselo, pero muchos de los que estaban a mí alrededor intercedieron en coro por él, exigiéndole a los uniformados que le dejaran plasmar sus consignas en los muros. Me pareció estúpido en su momento que defendieran a capa y espada una simple manifestación de anacrónico vandalismo. 

Al final de ambas marchas me quedó la impresión de vivir en un país de fariseos que le desean la muerte a los guerrilleros que secuestran, siembran minas antipersonales, atacan pueblos con cilindro bomba y trafican con drogas; pero se hacen los de la vista gorda con las masacres, abusos sexuales, actos de sevicia y asesinatos que han cometido los paras. Un país dividido entre una derecha rancia, mayoritaria, hipócrita y una izquierda fragmentada, anquilosada en el tiempo, aferrada a los discursos de siempre. Pero más allá de eso me quedó el consuelo de haber llorado por los dos ojos, así los más reaccionarios miembros de ambos bandos me quisieran linchar porque, a su juicio, le estaba prendiendo una vela a Dios y otra otra al diablo.



viernes, 3 de agosto de 2012

NO VALEN NADA


Domingo 03 de junio. Arribé a las 10:00 am a las Canchas Panamericanas con la intención de participar de un plantón en protesta por la brutal violación y torturas a las que fue sometida Rosa Elvira Cely en Bogotá, vejámenes que finalmente le causaron la muerte. A esa hora debía iniciar el acto, pero tras perderme por un buen tiempo en el mar de fantoches exhibiendo su musculatura que participan en la ciclovía sobre la Novena, no vi rastro de los manifestantes. Sólo hasta las 11 pude avistar a un pequeño grupo de mujeres y hombres con pancartas, camisetas y carteles exigiendo el fin de la violencia hacia el género femenino.

De dicho acto de protesta me enteré a través de facebook. A tempranas horas de ese mismo domingo accedí a la página web de El País y allí no había ninguna mención sobre éste. Quizás –son meras especulaciones- sus organizadoras fallaron al no recurrir a los medios de comunicación para convocar a la ciudadanía. Un boletín enviado a las emisoras, periódicos y noticieros de la ciudad, llamadas a periodistas que cubren temas locales para que ayudaran a invitar a la gente al acto, quizás hubieran marcado la diferencia.

Pero no nos llamemos a engaños. Posiblemente ni la más efectiva labor mediática hubiera logrado vencer la indiferencia de una sociedad con el machismo enraizado hasta sus tuétanos. En Bogotá, por ejemplo, a pesar del apoyo de los medios sólo marcharon 5.000 personas, cifra exigua para una ciudad de ocho millones de habitantes. Y esa realidad refleja cómo en Colombia la mujer no vale nada.

O sí vale, pero sólo por el tamaño de sus culos y tetas. O como un instrumento de satisfacción sexual, sea ésta consentida o no. Caminar sola en una calle a las 10 de la noche es una idiotez que ninguna caleña se puede dar el lujo de cometer, pues los hombres pueden pensar que es un casquivana buscando aventura. ¿Usted estaría tranquilo si su hermana, hija o amiga aborda un taxi a altas horas de la noche o la madrugada? Yo no.

Mas esa no es la única violencia a la que se exponen las mujeres en este país. Los cientos de casos de féminas asesinadas por “motivos pasionales” o cuyos rostros han sido desfigurados con ácido, lo demuestra. Ni de qué decir del hecho de que en Colombia la violencia intrafamiliar sea un delito “querellable”, es decir, que obliga a las mujeres maltratadas a “conciliar” con su compañero agresor.

Noches atrás una terrible pelea en plena madrugada me arrancó de los brazos de morfeo. Un tipo estaba arrastrando de los pelos a su compañera sentimental mientras le propinaba puños en la cara. Ella le rogaba que no le desfigurara el rostro. Yo por cobardía no me atreví a bajar del cuarto piso en el que vivo para tratar de ayudarla. Me limité a llamar a la Policía. Lo triste es que todos siguieron mi ejemplo. Nadie, si siquiera los porteros de las unidades circunvecinas, hizo el mínimo esfuerzo por detener la paliza que sufría la desdichada mujer. Al final las voces del agresor y su pareja dieron pasó a un profundo silencio que fue interrumpido segundo después por la voz de Vicente Fernández entonando “Mujeres Divinas”. De alguna casa vecina habían hecho sonar el tema para ambientar una fiesta. Triste y patética paradoja.

martes, 31 de julio de 2012

NEGOCIO MADE IN CALI


En el país del Sagrado Corazón alquilan piezas, vestidos, armas… y lavadoras. Durante seis años Carlos Valencia trabajó en una empresa dedicada a alquilar esos aparatos que le ahorran a las personas dolores en sus riñones, manos maltratadas y horas enteras frente a un lavadero.  “Pero llegó un día en que me aburrí de  trabajarle a otros. Por eso monté mi propio negocio hace seis meses”, confiesa.

Emprendió esa aventura con una lavadora de segunda que le costó $100 mil.  “luego - cuenta- compré otra a $150 mil. Y mi hija me colaboró con otras dos también de segunda”. Por su alquiler cobra dependiendo del barrio donde las soliciten: “siempre he trabajado en el Norte. Si piden una lavadora en el barrio Popular, cobro $1000 por hora. Pero si solicitan el servicio en barrios que quedan más lejos como Álamos o Vipasa, pido $1500”, explica.

Hasta ahora afirma que le ha ido bien. Pero admite que “de lunes a viernes el negocio es flojo. Se mueve más los sábados y domingos, sobre todo cuando coinciden con la quincena”. No ha sido fácil para él acostumbrarse a sacrificar sus fines de semana. Con un dejo de tristeza en su voz se queja de que “uno no puede decirle al cliente ‘mañana domingo no trabajo’. Ahí mismo llaman a otro lado, porque en esto hay mucha competencia. Yo llevo tiempo sin poder visitar a mi familia que vive en Yumbo,  porque no me queda tiempo”.

A Carlos le gusta trabajar solo. Él mismo se encarga de transportar las lavadoras a los domicilios de sus clientes, en primer lugar porque no gana lo suficiente para contratar a alguien que se encargue de esa tarea y en segundo lugar “porque esos muchachos no tratan bien las máquinas y las terminan dañando. Además no vienen a trabajar un sábado o un domingo porque el día anterior se fueron de fiesta y amanecieron enguayabados”.

A eso se suma que hay clientes “complicados”. Si el muchacho que transporta la lavadora no es de su simpatía “son capaces de inventar que se robó cualquier cosa de la casa para embalarlo”, narra. Sin miedo revela que a él, en su anterior trabajo, le llegó a pasar: “Fui a llevar una lavadora a una muchacha que vivía en Floralia. Me devolví a la empresa y a las dos horas ella llamó diciendo que se le había perdido una cartera.  Me echó la culpa prácticamente. Después se supo que la ladrona era una amiga que vivía con ella”.

En otras ocasiones esos usuarios han dañado sus máquinas porque “les echan mucha ropa o porque tienen niños pequeños que oprimen las teclas que no son”. Ante esa situación Carlos no puede hacer mucho: “Uno les cambia la lavadora por otra, porque si uno se pone alegar con ellos buscan a otro que les preste el servicio”. Tampoco faltan los clientes “vivos” que se roban las lavadoras.

A pesar de los obstáculos Carlos le seguirá apostando a ese modelo de negocio que, según él,  “nació en Cali” y de aquí se ha expandido a toda Colombia. Aunque sabe que mantenerse es difícil porque  “son negocios que así como van llegando,  también se acaban”. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Nadie está por encima de la ley

Nadie puede estar por encima de la ley. Ni los sacerdotes, ni los cogresistas, ni los menores de edad que cometen delitos, ni los machos que hacen y deshacen amparados en la dictadura heterocentrista que nos ha dominado por años. Y mucho menos los militares que creen que llevar puesto un uniforme les da licencia para hacer lo que se les antoje. Por eso  estoy en desacuerdo con los tribunales eclesiásticos, la inmunidad parlamentaria, el fuero militar y en general con todas aquellas gabelas jurídicas que revisten de impunidad los crímenes de aquellos que detentan cierta autoridad, o que poseen cierto poder.

En ese orden de ideas aplaudo que la justicia colombiana esté tratando de esclarecer los abusos cometidos durante la retoma del Palacio de Justicia y castigar a los responsables. Sin lugar a dudad la gran responsabilidad del holocausto recae sobre el M19 y nadie puede restarle gravedad a todos los excesos que cometió esa guerrilla en el desarrollo de la toma. Si llegare a se cierto que ejecutaron esa acción para hacerle un mandado al cartel de Medellín -y no por un interés revolucionario como adujeron en su momento- el peso de su culpa es mucho mayor.

Pero ello no justifica los desmanes de los militares en su intento por repeler el ataque subversivo. Once empleados de la cafetería desaparecieron sin dejar rastro. Hay testimonio gráfico de rehenes que salieron vivos asidos a los brazos de militares, mas después aparecieron muertos con tiros de gracia o simplemente nunca aparecieron. También existen testimonios monstruosos sobre torturas a varios rehenes infligidas por militares que incluyeron abusos sexuales a mujeres. Incluso se habla de una mujer embarazada que parió en medio de las torturas y a la cual le arrebataron a su hijo.

Si los militares en realidad cometieron esos vejámenes, deben responder. Uno de los primeros pasos que la Justicia ha tomado en ese sentido es la condena a Alfonso Plazas Vega. Como era de esperarse la ratificación del Tribunal Superior de Cundinamarca de la pena proferida por otro tribunal al militar por la desaparición de dos rehenes durante la retoma, no cayó en gracia en esta país de ultraderecha. Muchos asumen que la justicia se mamertizó o fue infiltrada por el terrorismo; por tanto la pena al militar es un castigo a los "héroes" que "defendieron la democracia" amenazada por el terrorismo.

Mala interpretación: la Justicia no está castigando o coartando a los militares por cumplir con su deber; simplemente les está aplicando una pena justa por los abusos que cometieron. Muchos dicen que los empleados de la cafetería era auxiliadores del M19. Si era así el camino correcto era denunciarlos ante las autoridades judiciales y que éstas determinaran la validez o falsedad de las acusaciones. De cualquier manera es muy difícil justificar el hecho de que fueran sometidos a los tratos más infames.

Algunos dicen que la Justicia se está ensañando con los militares. Pero lo cierto es que durante más de 20 ésta no los llamó a responder por lo ocurrido en la retoma. A la Fuerza Pública la asiste la obligación de velar por el orden y contrarrestar los actos de violencia. Pero de allí a que portar un uniforme les dé el derecho a los policías y militares de hacer lo que les venga en gana sin responder por ello, hay mucho trecho.

lunes, 19 de diciembre de 2011

ADIOS A JORGE IVONNE

¿Cuál es la herencia que le deja Jorge Ivonne Ospina a Cali a escasos días de que expire su nefasta alcaldía? Es una herencia mediocre y paupérrima digna de un odioso ser que se dedicó a venderle al pueblo circo y megaobras, mientras le daba la espalda a los problemas más graves de la ciudad.

Empecemos con las Megaobras: nadie niega que Cali carecía de grandes obras de infraestructura; por ello es muy loable que el mamarracho Ospina haya decidido acometerlas y financiarlas a través del impuesto de valorización. Ahora, que esas megaobras que ahora están ejecución sean las que de verdad necesita la ciudad, eso no lo tengo claro pues no soy urbanista, ni ingieniero, ni experto en movilidad; pero si de algo estoy convencido es que calificar de "megaobra" el reparcheo de la Autopista Sur, la construcción de puentes peatonales y un parque en el Oriente de Cali, es una exageración. Reparar la carpeta asfáltica de las calles y construir puentes peatonales y parques no son megaobras, son obligaciones que el Municipio forzosamente tiene que atender.

Pero eso es lo de menos. Lo grave es que varias de esas flamantes obras están 'embolatadas': la plazoleta de la Caleñidad no se ha podido continuar por líos con un edificio en poder de estupefacientes; la ampliación de la Avenida Circunvalar también está en veremos porque no se han adquirido todos los predios que es preciso demoler para llevarla a cabo; la dichosa extensión de la Carrera 80 hacia la ladera ni siquiera ha empezado. Y ese 'chicharrón' Ospina se lo legó al momio Rodrigo Guerero.

Pero ese es sólo uno de los muchos problemas por resolver que hereda la querida Ivonne a la administración entrante. Este remedo de alcalde no hizo prácticamente nada por rescatar el centro histórico de la ciudad y en general las granes patrimonios arquitectónicos de Cali durante su gestión; hoy día esas bellas casonas y edificios desperdigados por el Centro y Oeste caleño están cayéndose a pedazos, han sido demolidos, o algunas cafres los han convertidos en repugnantes parqueaderos. Si bien el problema viene de tiempo atrás y ha estado inveterado en la narco-cultura caleña por años, Ivonne poco nada hizo para frenarlo o revertirlo en durante su mal gobierno.

Por otro lado, el burgomaestre se hizo el de la vista gorda con la inundación de todo tipo de negocios de mala muerte -estancos, bares, moteles- en zonas residenciales. Pocos meses antes de dejar el cargo descubrió que el agua moja y denunció la existencia de una mafia en Planeación Municipal que otorgaba permisos fraudulentos para este tipo de establecimientos en zonas donde está prohibido. Se demoró 4 años en percatarse de un fenómeno que para cualquiera salta a la vista.

Y sobre el medio ambiente ni hablemos. Poco o nada hizo Ivonne para rescatar los maltrechos siete afluentes que bañan a Cali; poco o nada hizo para frenar las construcciones a los alrededores del Río Pance; poco o nada hizo para combatir la minería en los cerros de Cali; poco o nada hizo por evitar la continua tala de árboles que ocurre diariamente en la ciudad ante la mirada cómplice de todos. Es más, este alcalde tuvo el descaro de construir una solución habitacional como Altos de Santa Elena, destruyendo la vegetación nativa de la zona y poniendo en peligro al río Mélendez. Tampoco hizo nada para evitar la invasión tanto de los asentamientos ilegales, como de aquellas lujosas construcciones estrato 4, 5, y 6 que están erosionando las bellas lomas que se alzan sobre la ciudad.

De la inseguridad y el desempleo ni hablemos. Ivonne se dedicó a regalarle a los inútiles Guardas Cínicos miles de millones de pesos por la ardua labor de hablar caca en los parques, mientras a la Policía le dio sólo limosnas. Si la Policía con recursos no sirve para nada, sin recursos mucho menos. ¿Y el desempleo?, ¡qué verguenza!: en Cali roza el 15%. Y si bien ese es un problema más de competencia del Gobierno Nacional, revela la postración en que está sumida esta ciudad.

A eso sumémosle  los $90 mil millones que se gastó Ivonne en un estadio que ya los vándalos hinchas del América se encargaron de volver mierda. Una cifra insólita si se considera que en otras ciudades apenas costó 20 mil millones de pesos. Pero bueno: ahora Ivonne borrará esos pequeños errores, embruteciendo al pueblo con una nueva versión de  la vulgar y narcotizada Feria de Cali. De seguro saldrá del CAM por la puerta grande. Falta ver con qué sale el honorable momio Rodrigo Guerrero