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jueves, 19 de febrero de 2015

Sesgo en el cubrimiento de noticias internacionales

Artículo publicado originalmente en Las 2 orillas el miércoles 18 de febrero de 2015
http://www.las2orillas.co/sesgo-en-el-cubrimiento-de-noticias-internacionales/
Leer o ver en televisión las noticias sobre sucesos del acontecer internacional que divulgan medios como El Tiempo, Semana, el Espectador, Noticias RCN o Noticias Caracol es como experimentar un deja vu. Siempre informan sobre los mismos países: Venezuela, Argentina, Nicaragua, Ecuador, etc., y todos tienen en común que están gobernados por presidentes de izquierda. El desabastecimiento en Venezuela, el asesinato del fiscal Nisman en Argentina, la futura construcción de un canal interoceánico en Nicaragua y la llegada de un movimiento de extrema izquierda en Grecia acaparan los titulares de los medios colombianos.
Y no los critico: está bien que estos medios denuncien los abusos de los gobernantes de izquierda. El mundo no puede hacer oídos sordos a la dramática situación que vive nuestra hermana república de Venezuela por cuenta de la escasez crónica de productos de primera necesidad, la inseguridad y la represión a la oposición. Tampoco puede pasar por alto la misteriosa muerte del fiscal Nisman en Argentina ad portas de imputar cargos a la presidenta Cristina Fernández, ni menos ignorar las repercusiones negativas que puede acarrear la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua.
Pero inquieta que esos mismos medios no sean igual de acuciosos e inquisitivos a la hora de informar sobre las tropelías que ejercen sobre sus ciudadanos los presidentes de derecha en Latinoamérica o la compleja situación que viven los países gobernados por personajes de este mismo espectro político. Poco o nada dijeron los medios colombianos sobre la crítica que hizo la ONU al gobierno del presidente guatemalteco de centro derecha Otto Pérez Molina por su decisión de rebajar el salario mínimo en algunas zonas del país centroamericano para beneficiar a empresas que deseen invertir en esos sectores. Algunos críticos dicen que tal reducción implicaría que los guatemaltecos no tendrían ingresos suficientes para cubrir el costo de la canasta familiar, pero al parecer a ningún medio colombiano le pareció relevante esta noticia.
O qué decir del expresidente de Panamá Ricardo Martinelli que está siendo investigado por presuntos casos de corrupción en la contratación de comida deshidratada para escuelas públicas de su país, a la vez que ha sido denunciado por espionaje a la oposición. La difusión que le han dado los medios colombianos a este caso ha sido más bien escasa.
Pedirle imparcialidad a los medios colombianos que no son más que cajas de resonancia de grandes grupos económicos a los que pertenecen, es como pedirle peras al olmo. Pero aun sería justo que informaran sobre los problemas que enfrentan los países independiente del espectro político que los gobierne y no sólo se limiten a informar sobre las brutalidades del mediocre Maduro de Venezuela.

martes, 16 de diciembre de 2014

SÓLO ESO… UN CARTÓN

Lo de Paola siempre fueron las letras. Mas cuando le dijo a su madre que quería estudiar literatura, recibió una tajante respuesta: “¡no, con eso te vas a morir de hambre!” Las limitaciones económicas le impusieron a la espigada morena nacida en Tumaco la obligación de escoger una carrera más ‘rentable’. “Viajé a Cali. Me presenté en Univalle para estudiar administración de empresas y quedé”, cuenta. Pero poco tiempo después resolvió cambiarse a comunicación social. Sencillamente no pudo huir del influjo de las palabras escritas.

Inició esa carrera con el anhelo de escribir algún día en un periódico de renombre. Pero esa ilusión no resistió su paso por la Escuela de Comunicación Social. Jesús Martín Barbero, a través de sus textos, se encargó de poner a la tumaqueña en contra de los diabólicos medios masivos de comunicación. “Por eso –recuerda- cuando debí buscar la práctica profesional no me presenté a El País”.

Descartada esa alternativa, Paola debió recorrer un sendero pedregoso para ejercer su pasantía. Primero lo intentó en un instituto de la Universidad. Sólo resistió un mes allí.  “Durante ese tiempo lo más parecido a lo aprendido en la carrera que pude aplicar fue corregirle unas comas a un texto del jefe. De resto lo único que hacía era sacar copias, organizar cuadros en Excel… ¡Y también aprendí cómo doblar planos de arquitectura!”, relata con una sonrisa dibujada en su rostro.

Presa de la frustración solicitó en la Escuela un cambio de práctica. Pasó a vincularse a un programa del Canal Universitario donde enfrentó una nueva decepción: “Ninguna de mis ideas le gustaba al director de ese espacio. Me decía que estaba MFT, ‘miando fuera del tiesto’, porque yo quería hacer programas sobre lo que significa la universidad pública desde una perspectiva política. Es que en ese canal le apuestan a otras cosas porque ya tienen programado el chip de lo que el mercado quiere. Por eso allá uno ve más gente de universidades privadas que de Univalle”. Ante la avalancha incesante de negativas, Paola optó por renunciar.  A final cumplió con el requisito de las pasantías en la Facultad de Humanidades de su alma máter. Debió redactar boletines, tomar fotos y cubrir eventos.

Tras entregar su tesis la morena del Pacífico ni siquiera intentó buscar trabajo pues sencillamente ignoraba para qué era útil. “En la universidad  aprendés  a comprender a Sloterdijk, pero finalmente no sabés en qué te vas a enfocar para trabajar. No tenés un saber específico aplicable”, opina. Y agrega que: “uno está encapsulado en la Escuela y cree que es el gran investigador, el artista, el cineasta, pero cuando sale uno se da cuenta de que lo ven como alguien que pone carteleras, coge un teléfono y hace boletines”.

Reconoce, por supuesto, que algunos comunicadores univallunos han logrado descollar en el terreno artístico, la producción audiovisual, etc., “pero a costa de ganar méritos trabajando ad honorem o apoyados por los papás. Muchos no podemos darnos ese lujo”.

En efecto, Paola tenía que responder por el arriendo, la comida, los servicios. Para su fortuna una oportunidad tocó  a su puerta: “Un profesor, una semana antes de mi grado, me comentó sobre una vacante en CISALVA. Mandé los papeles y me seleccionaron para trabajar por un año”, relata. Pero ya está próxima la fecha en que terminará su contrato y ésta vez sí se ha puesto en la tarea de buscar empleo: “Me he metido a Computrabajo y ha sido una desilusión. A veces me dan ganas de ponerme a llorar”.

A la escasez de ofertas para comunicadores se suma el pobre acompañamiento que da la universidad a sus graduandos para que se engranen en el mundo laboral.  “Yo me he metido a la página de egresados y como que nunca funciona”, sostiene la comunicadora. Algunos de sus compañeros para suplir ese vacío institucional “mandan ‘fantásticos’ correos con ofertas de empleo que exigen experiencia de 10 años. Son cosas inalcanzables para gente como uno que apenas hace un año se graduó”, anota indignada.

A pesar de todo Paola puede sentirse relativamente afortunada. Con tristeza señala que varios de sus compañeros están desempleados y cuando consiguen algún trabajo: “dura tres meses y es por prestación de servicios”. Hace poco oyó de labios de un amigo una historia que la aterró: “me contó que él tenía una amiga comunicadora que a pesar de tener dos maestrías trabajaba en un lugar como correctora de estilo y le pagaban el mínimo”.

Preparándose para huir
Al igual que la tumaqueña, Eliana estudió en Univalle por limitaciones económicas. “Pero igual –aclara- nunca deseé otra institución, pues no hubiera encajado social, ideológica, política y visualmente en una universidad privada”.

Ejerció su pasantía en El País. Dentro de ese tradicional rotativo experimentó en carne propia lo que muchas veces leyó en textos de investigadores, periodistas y sociólogos: “comprobé que los medios de comunicación en Colombia son empresas al servicio del capital y de un monopolio histórico de unas cuantas familias. Por ser empresas económicas -y no sociales como lo demanda la Ley- se venden al más poderoso: al gobierno de turno, que normalmente en nuestro país, aunque se disfrace de demócrata, es facho”, sentencia.

Al final concluyó que el comunicador que se vincula a esos medios debe entregar todas sus “disposiciones ideológicas y éticas” a su editor “para que al otro día publiquen un periódico comercial y de acuerdo a  los intereses de sus aliados económicos”. Curioso resulta que una mujer de un espíritu tan crítico se decidiera por El País para sus prácticas, pero como ella misma relata jocosamente: “la verdad antes de entrar allá nunca lo había leído”.

Tras su salida de ese medio, Eliana no se ha visto forzada a iniciar la frenética cacería de un empleo porque cuenta con un negocio familiar que es su sustento. Divide su tiempo entre la atención de ese ‘chuzo’ y un curso de inglés con miras a buscar becas de postgrado en otro país. Durante ese proceso ha descubierto que: “al diseñar tu hoja de vida para aspirar a una beca es preciso que incluyas hasta el más mínimo taller, porque debes competir con muchas más personas que sueñan con huir de un país que brinda pocas posibilidades investigativas y académicas a los profesionales, limitándolos así a engrosar las filas de empleados con bajos salarios”.

Prefiere Eliana buscar en otra nación lo que no encuentra en la suya propia, antes que someterse a ser una “profesional” que a cambio de mejorar su estatus y recibir un “buen” sueldo, “entrega a una empresa las horas irremplazables de su vida y las experiencias que no vivirá por estar en un cubículo, desde las 8:00 am hasta las 9:00 pm, escribiendo lo que a su jefe editor le parezca bueno”.

Sólo somos un nombre
A Christhian, también comunicador de Univalle, lo embarga la sensación de haber despilfarrado su tiempo entregando una cantidad infinita de hojas de vida vía web y en persona. “Hoy en día sólo buscan comunicadores organizacionales  y uno se enfrenta además al  estigma de ser egresado de una universidad pública. Tanto es así que en varias entrevistas de trabajo he tenido que  responder ‘no, yo no soy de los que tiran piedras’”, revela.

Devolverse a su tierra natal, Roldanillo, fue la única opción que le quedó al ver que en Cali “no resultaba nada”. En 2004 había abandonado ese municipio enclavado en el Norte del Valle para estudiar comunicación, carrera que pensó le ofrecería mejores oportunidades que una licenciatura en literatura, la otra opción que había contemplado. “Ahora trabajó medio tiempo en una sala de internet y me he visto forzado a seguir viviendo con mis padres”, confiesa con cierto malestar. Ha llegado al punto de implorar ayuda a políticos de su ciudad sin que esos ruegos hayan tenido eco.

¿Y qué papel ha jugado la Escuela de Comunicación en la crisis que lo agobia? “De parte de la Escuela no siento más que el olvido”, responde con amargura el joven de límpidos ojos azules y una estatura que rebasa el 1.80. Cuenta que ha pedido ayuda para ubicarse laboralmente a distintas personas vinculadas a ella, “pero a la fecha no la he recibido”. En cuanto a la división de egresados, para él no pasa de ser un chiste: “Hace un año me gradué y está es la hora en que ni siquiera puedo acceder a sus bases de datos en internet para buscar empleo, dizque porque mi acreditación como egresado está en proceso. ¿Cómo es posible que se tarden tanto en realizar un trámite tan sencillo?”, denuncia.

Pero no todo ha sido tan malo. A diferencia de Paola y Eliana, el roldanillense fue afortunado con su práctica profesional. “Fue excelente  en términos académicos –asegura- Escribí varios artículos para el periódico universitario La palabra y recibí una nota final muy alta”.  Sin embargo, el pago que recibía no era el mejor y por eso no siguió colaborando en ese impreso una vez concluyó el periodo de práctica.

¿Y qué hay de sus compañeros de estudio?, ¿También se han visto a gatas para ejercer su carrera con dignidad? Contesta que algunos devengan un salario mínimo a cambio de trabajar en periódicos de corto tiraje o virtuales. “Sé del caso de una compañera que labora para una compañía grande, pero sólo percibe un sueldo de $800.000”, añade. Para él ello obedece a que: “Los comunicadores de Univalle no tenemos cabida ni en el gremio del arte, ni en el de la educación y a veces ni siquiera en el de los medios. Y el enfoque investigativo de la Escuela no tiene mucho espacio en el sector empresarial. Allí buscan comunicadores organizacionales. O técnicos en comunicación, expertos en manejar cámaras y cables”.

Además, según Christhian, los univallunos están en desventaja frente a los autónomos, javerianos y santiaguinos porque. “sus universidades gozan de una buena reputación que Univalle no tiene y porque en verdad reciben de ellas un apoyo palpable; no como en Univalle donde apenas somos un nombre en sus registros de egresados”.

Javeriano llama javeriano
Sin embargo el graduarse de una universidad privada no es garantía de éxito laboral y de ello puede dar fe Diana, una joven comunicadora de la Universidad Javeriana. Se inclinó por ese alma máter a instancias de su tío. Desde muy pequeña le oyó decir una frase que se le grabó en la mente: javeriano ayuda javeriano. “Tanto él como mi mamá estudiaron contaduría, ella en la Libre y él en la Javeriana. Se graduaron casi al mismo tiempo, pero él siempre consiguió mejores trabajos. Y todos los obtuvo por amigos de su universidad”, cuenta.

Diana siempre soñó con pararse frente una cámara, pero para asegurar aun más su futuro profesional estudió comunicación con enfoque organizacional “porque aparentemente tenía más demanda”. No tardó, sin embargo, en darse cuenta de que no transitaría sobre un lecho de rosas por el sólo hecho de haberse especializado en ese campo.  Aunque le fue muy bien en sus prácticas al final por diferencias con su jefe directo no pude continuar allí. Debió entonces buscar empleo. “Pero pasaron los meses y no conseguía nada en organizacional”, recuerda.

A pesar de su gusto por el periodismo, nunca se atrevió a llevar una hoja de vida a periódicos o emisoras: “una profesora –explica- me frustró diciéndome que redactaba muy mal, entonces me convencí de que lo impreso no era lo mío. Y en radio jamás supe a quién llevarle una hoja de vida, pues no tenía los contactos. Si te metes a una página de empleo nunca vas a encontrar que Caracol Radio necesita locutor. Todo es voz a voz”.

En cuanto a la televisión se enfrentó a un problema de medidas. Pero no aquellas que tasan el nivel intelectual de las comunicadoras, sino las que calculan el tamaño de sus culos y tetas. “Los medios lo que necesitan son viejas que estén buenas. Si vas a un casting, ves ese tipo de mujeres. Y obviamente yo, la gordita y bajita, al lado de ellas no tengo mucho que hacer por más que lo haga bien”.

Tras cinco meses desempleada, Diana visitó el colegio donde estudió su bachillerato para ofrecer sus servicios como comunicadora aunque no recibiera paga. Su estrategia le funcionó: “me contrataron por prestación de servicios. Me pagaban un salario integral y yo tenía que sacar de ahí lo de mis prestaciones. Fue difícil porque el colegio es cristiano. Yo, por ejemplo, manejaba la emisora escolar y las directivas se molestaban por el volumen de la música, así los estudiantes estuvieran en pleno recreo. Además revisaban con lupa las letras de las canciones que ponía”, confiesa.

En el plantel trabajó un año pues se cumplió el contrato laboral. Meses después encontraría un nuevo empleo, pero no producto de las hojas de vida que repartió a diestra y siniestra, sino gracias a la ayuda de una amiga de la Javeriana. “Por ella entré a un proyecto en la Univalle que duró tres meses. Creo que es el mejor trabajo que he tenido. En cuanto al pago lo único malo es lo demorado, pero igual uno sabe que la plata esta fija”, narra la joven con cierta añoranza.

Pero así como Diana ha sido rescatada de las garras de la desocupación por sus amigas javerianas, también ha perdido oportunidades por carecer del contacto adecuado. Es que aquella máxima de Arquímedes, “dadme una palanca y moveré al mundo”, sí que se aplica en el mundo laboral. Luego de terminar su labor en Univalle fue llamada a una entrevista en una empresa x. Una muchacha de su universidad que iba en un semestre inferior también fue convocada. “Ella como experiencia sólo tenía la práctica –relata-. Comenzamos muchos el proceso de selección y en la última fase quedamos ella y yo. Al final la eligieron a ella””.

”A mí sí me quedó la espinita –admite- Yo pensé ‘tan chistoso, ella apenas tiene la práctica y yo que tengo práctica más otros tres empleos, ¿cómo es esto?’ Ese mismo día me metí a su twitter y leí que le escribió a alguien ‘Amiga, mañana nos vemos en mi primer día de trabajo’. De ociosa me puse a averiguar y descubrí que esa amiga tenía un cargo muy importante en la oficina de comunicaciones de la empresa”.

La crisis laboral también ha tocado a sus amigas de la Javeriana. “Una de ellas –revela- atiende quejas y reclamos en una empresa de telefonía celular. Lleva dos años allá y sin embargo siempre sigue buscando, porque obviamente si uno estudió algo es para ejercerlo. Pero no ha conseguido nada. Otra está trabajando en la notaría del papá como su asistente”.

Afortunados, así deberían sentirse Diana y sus tres pares univallunos por haber logrado hacerse al anhelado título profesional,  hazaña nada desdeñable en un país donde hay más de tres millones de bachilleres que nunca accedieron a la educación superior. Pero la realidad fuera de las universidades sólo les ha ofrecido desocupación o empleos precarios y contrarios a sus expectativas y convicciones. Es en ese instante cuando la carga simbólica que reviste al diploma universitario, representada en una fastuosa ceremonia donde los “futuros profesionales” lucen elegantes togas y birretes, se desvanece.  A fin de cuentas un cartón sin tetas, sin palancas, sin experiencia de 10 años es sólo eso… un cartón.





lunes, 27 de enero de 2014

TRABAJANDO CON UNA RELACIONISTA PÚBLICA AMARRADA

Cuatro experiencias laborales he tenido dignas de mención. De cada una de ellas hablaré en su debido momento, pero hoy repararé en la última de ellas. Estaba trabajando en el diario El Maíz de Cali cuando me comunicaron que mi contrato no sería renovado. Cuando indagué por la razones básicamente adujeron que yo era muy callado. No cabe duda de que mi naturaleza autista es el azote que me ha mantenido postrato en la mediocridad y la angustia. Creo que uno de mis últimos días de trabajo -si no fue el último- decidí despedirme de una de las columnitas del periódico con la cual tuve una mejor relación. Ella manifestó su pesar y preguntó que en qué me podía ayudar. Acto seguido aseguró que hablaría con uno de los pesos pesadas de El Tiempo para que yo pudiera emplearme en ese periódico y también dijo que me recomendaría con una amiga de ella llamada Latifah Aljure, directora de una reconocida oficina de prensa de la ciudad.

Mi trasladó a El Tiempo jamás se concretó; decidí entonces comunicarme con la señora Aljure y acordar una entrevista. Una tarde, creo que de septiembre de 2011, mis ojos vieron por primera vez esa oficina dentro de la cual estaban además de La Aljure, su marido y la periodista que trabajaba con ellos. Entré a la oficina de la señora. Ella manifestó que necesitaba una persona que le ayudará en la redacción de un material escrito y me preguntó cuánto estaba dispuesto yo a cobrar por realizar esa labor. No supe qué contestarle ya que ignoraba cuánto cobrar por ese tipo de servicios. La entrevista finalizó y no volví a saber nada de la señora Aljure en los siguientes dos meses. Asumí que la señora sencillamente no había tenido una buena impresión de mí y por eso había descartado emplearme; de nuevo mi inseguridad y poco roces social habían jugado en mi contra.

En esos dos meses me invadió la desesperación propia de estar sin hacer nada y con la necesidad de responder por los gastos personales, desesperación por supuesto alimentada por la presión indirectas de un padre que al principio, al conocer sobre la no renovación del contrato en El Maíz, se había mostrado comprensivo, pero que semanas después me empezaba a echar en cara mi condición de desempleado. En mi desesperación llevé una hoja de vida a El Tiempo, con recomendación de un periodista de El Maíz a bordo. Ya en el pasado había llevado otras dos hojas de vida y ésta vez tampoco me llamaron. Mi ansiedad me llevó a viajar a Bogotá para repartir hojas de vida allá también, un esfuerzo verdaderamente inútil porque ni en El Tiempo, ni en el Espectador me las recibieron. Con ese viaje contribuí a dilapidar la jugosa liquidación que me habían dado en El Maíz.

La situación se tornaba gris cuando un jueves recibí una llamada: se trataba de la señora Aljure quien me citaba en su oficina. Fui a su encuentro y cuando estuvimos frente a frente me manifestó que su periodista -la que yo conocí dos meses atrás- había renunciado y necesitaba reemplazarla. Decidí aceptar ese puesto y de inmediato, ese mismo jueves en la tarde, sin las miles de inducciones que recibí en El Maíz comencé a laborar en la oficina de la señora Aljure. Mi primer trabajo fue redactar un boletín sobre la apertura de una nueva clínica de la eps Coameva en Tuluá. Aljure alabó mi manera de escribir sobre todo el lead de ese texto y además me mostró cómo realizar una de las actividades que debería desempeñar los meses sucesivos: el free press. Aljure se comunicó con periodistas de Tuluá, se las ingenió para averiguar los datos de los más importantes y armó una agenda en medios para llevar a cabo en esa ciudad. Sin duda el free press requería dones que yo no tenía: poder de convencimiento, habilidad verbal, desparpajo, empuje, "labia" como se diría coloquialmente, virtudes de las que siempre había carecido y que Aljure tenía de sobra. Al día siguiente ella viajó a Tulua y visitó cada medio donde le concedieron una cita acompañada por supuesto de un vocero de Coameva para así promover, dar a conocer y lograr que se sacarán notas periodísticas sobre la apertura del nuevo complejo de salud en Tuluá.

Desde el principio sabía que ese sería un trabajo engorroso, aburridor, desgastante y, sobre todo, mal remunerado. Mi sueldo sería de 600 mil pesos sin ningún tipo de prestaciones ni las garantías laborales de las que gocé cuando estuve en El Maíz. Días después de empezar a trabajar la Aljure me pidió el favor de ir a la oficina un sábado en la mañana para que llamará a unos médicos de Coameva y confirmara su asistencia a una actividad, no recuerdo cuál. Realice decenas de llamadas venciendo mi pésima dicción y vocalización, mi tendencia a hablar casi que susurrando y mi inclinación a tartamudear a cada rato.

A finales de diciembre debí realizar una agenda en medios en Bogotá para promocionar algo relacionado con Bancoameva. Logré citas con periodistas de medios económicos prestigiosos como Portafolio, La república, Dinero, etc. Todo iba bien hasta que Aljure me llamó un sábado; al parecer le entendí que había que cancelar todas las citas ya pactadas, aunque ella intentó, según ella, dar a entender otra cosa. Procedí a cencelar esas citas. Al día siguiente se vino la debacle: Aljure aseveró que yo me había equivocado y debía solicitar nuevamente esas citas. Me vi a gatas para un domingo, desde mi casa, reconfirmar las citas ya canceladas; casi todos los periodistas accedieron, pero como era de esperarse uno de ellos se embejucó arguyendo, palabras más, palabras menos, que "eso era una falta de seriedad". Al final se logró sortear la situación: aljure cumplió con su agenda en medios y logramos un buen cubrimiento informativo de aquella "noticias" que estábamos mercadeando.

Es que el free press básicamente es eso: vender hechos de naturaleza generalmente comercial -lanzamiento de productos, balances económicos, creación de un nuevo centro comercial, etc- como si fueran noticias de carácter trascedental o a las cuales los periodistas les deberían decicar espacio en sus medios sin cobrar un sólo peso por ello. Y obvio para lograr vender esos hechos como noticias había que hacerlos lo más atractivos posibles, hecho que a veces era un auténtica proeza, pero que Aljure lograba porque sea como sea era una mujer muy experimentada que conocía de su trabajo y sabía cómo hacerlo.

Meses después de estar trabajando en esa oficina me pasó algo insólito. Estaba completamente solo cuando de la portería me llamaron a comunicarme que la abogada del edificio necesitaba hablar con Aljure.Le explique que ella no estaba, pero que aún así dejara pasar a la abogada. La susodicha llegó a la oficina acompañado de varias personas cree que de un juzgado; la razón, venían a adelantar el secuestro de la oficina puesto que Aljure adeudaba una cifra millonaria al edificio por concepto de administración. "¿a qué clase de oficina fui a parar?", pensé. Uno de los funcionarios puso sobre el escritorio una máquina de escribir que llevaba consigo y empezó a interrogarme. Sus compañeros se encargaron de inspeccionar cada rincón de la oficina. Al final Aljure llegó a un acuerdo con la abogada y pagó la millonaria suma que adeudaba.

Llegó Marzo y Aljure me encomendó encargarme del free press de un nuevo evento de Coameva: El campeonato Nacional de profesionales de golf. Así, las eps en este país no tienen plata para garantizarle un servicio de calidad a sus pacientes, pero sí la tienen para organizar torneos de una disciplina deportiva tan exclusiva y elitista  Durante ese mes estuve a cargo de ese proyecto y por ello Aljure contrató a otra periodista -Diana- para que se hiciera cargo de los demás. Valga decir que Diana se convirtió en una de mis mejores amigas, pero eso es otra historia. Para promocionar el torneo de golf debi armar una base de datos de periodistas locales y nacionales especializados en deportes. Y luego procedí a concretar citas para realizar una auténtica romería por varias emisoras de radio junto con la vocera del evento. Por supuesto, también se me encargó encargarme del cubrimiento del torneo; durante cuatro días -jueves, viernes,sabado y domingo- debí dirigirme a un prestigioso Club cerca de santander de quilichao para perseguir y hacer entrevistas televisivas a golfitas, atender periodistas y elaborar boletines para mandar a medios. Fue una experiencia muy agradable, no lo niego, porque fue una de las pocas veces en mi corta vida profesional en que me hice periodismo propiamente dicho, ese de buscar fuentes hasta el cansancio, entrevistar, etc. En suma fue una experiencia enriquecedora a pesar de que el domingo que trabajé no me lo pagaron, además de que fui a una zona tan lejana por mis propios medios sin contar con una A.R.P que me protejiera de cualquier imprevisto que pudiera presentarse. El resultado del cubrimiento fue muy bueno: sendas notas en radio, televisión, internet y prensa.

Sin embargo esa misma suerte no nos acompañó a mi compañera Diana y a mí cuando nos tocó cubrir otro torneo de Coameva: el de parqués. Pero esa historia la contaré en mi próximo post.